Opinión

Virginia Woolf: Peregrinaciones del sentimiento

Blas Brítez

Durante el transcurso de 1904, tres acontecimientos, ligados esencialmente, marcan el futuro de la escritora en ciernes que, a los veintidós años, es Virginia Adeline Stephen.

En primer lugar, el 22 de febrero muere su padre, el crítico literario (y alpinista: único caso en su especie, uno supone) Leslie Stephen, quien representaba para ella tanto la represión victoriana de sus mayores como el pasmo temprano de la estima intelectual, el peso macizo de un mentor literario. “Los hijos de Leslie se enfrentan de algún modo a la tiranía del padre, pero Virginia siente que no puede, porque lo admira demasiado”, escribe Irene Chikiar Bauer, en una reciente biografía (Virginia Woolf. La vida por escrito, 2015) de unas 1000 páginas, las que divide en dos partes. Y aquí viene el segundo acontecimiento: no antes ni después de la muerte de su padre, sino antes y después de su mudanza, en noviembre, del 22 de Hyde Park Gate, en el señorial Kensington londinense (en donde había nacido), al 46 de Gordon Square, en Bloomsbury, Camden Town, en cuyos “callejones míseros y sombríos” vivió por dos años un joven Charles Dickens (1812-1870), mucho tiempo antes de que quien sería conocida con el nombre de Virginia Woolf se mudara no muy lejos de allí.

El tercer acontecimiento es su inauguración en la escritura profesional. En la misma semana en que, con sus hermanos, había habitado por vez primera la casa de Bloomsbury, envía su primera colaboración a la prensa. Al diario The Guardian, por intermedio de su leal amiga Violet Dickinson, destinataria asidua de sus cartas. Sin firma (como en la gran mayoría de sus apariciones en el periodismo británico), su primer artículo es publicado el 14 de diciembre. En “Haworth: noviembre de 1904”, la joven escritora escribe una crónica de su paseo por el condado de West Yorkshire, en busca de las huellas de las hermanas Brontë, aunque quien de veras le interesa es la autora de Cumbres borrascosas.

Es revelador y sugestivo que el primer texto impreso de Virginia Woolf haya sido una crónica. La crónica de un viaje a un “santuario” de la literatura. No dejará de publicar trabajos de ese tipo, a pesar de que en las primeras líneas de aquel artículo parece dudar de estas “peregrinaciones” profanas por considerarlas “viajes sentimentales”; por eso no iría nunca a la casa de Thomas Carlyle en Chelsea, en el (hoy) número 24 de Cheyne Row. En un artículo del año siguiente confiesa que no se ve a ella misma como una “peregrina del sentimiento”, pero de igual manera vagabundea (a partir de libros biográficos de reciente publicación entonces) por la Londres de William Tackeray (Charterhouse, Jeremyn Street, Young Stree) y de Charles Dickens (Porsmouth, Chatam, Camden Town). En 1906 fue tras la huella del opiómano Thomas de Quincey. Y todavía en 1937, unos años antes de morir, escribirá sobre su errancia por el condado de Sussex, tras la estela de Edward Gibbon.

Con veinticuatro años se llama a sí misma “esta cronista nativa”. Y de veras que lo es, en un sentido que en el periodismo de hoy tal vez resulte insospechado. En el caso, su mejor texto de aquella época de maduración (Cornualles, 1905), Woolf cuenta su regreso y el de sus hermanos al condado de Cornwall, cerca de cuya bahía de St. Ives y del faro de Godrevy pasó en su infancia sus mejores e inolvidables veranos, en la amplia Talland House. En este trabajo la autora aún a la subjetividad propia de los diarios íntimos, con la distancia propicia de las crónicas (con entrevistas a viejos habitantes) y la reflexión alada de los ensayos. Solo falta en ella la ferocidad narrativa de la novelista, aquella que luego dirá que la novela es el lugar en el que cabe todo: recién publicaría su primer libro a los treinta y tres años.

La última vez que Virginia Woolf había visitado Cornualles fue cuando tenía 12 años y acababa de morir su madre, Julia Stephen. “En verdad, como imaginé en una ocasión, hay algo nuestro guardado aquí de lo que duele despedirse”, escribió. La manera en que la escritora exorcizaría aquellos recuerdos, ese “algo”, sería (esta vez sí) con la novela: su madre y su padre serían los Ramsay de la bella Al faro (1927), y aun El cuarto de Jacob (1922) y la poética Las olas (1931) beberían de Cornualles. El año pasado, la periodista Ratha Tep fue hasta Talland House (que no se encuentra abierta al público), en un “peregrinaje del sentimiento” que registró luego en New York Times como más de cien años atrás registró el suyo Woolf en The Guardian. Gran cosa no ha cambiado allí, en esos “acantilados solemnes”. Aunque la presión inmobiliaria amenaza desde 2015 con la construcción de un complejo de departamentos. Pero hasta ahora no ha sucedido.

La muerte de un padre, el descubrimiento del “cuarto propio” y la escritura periodística profesional: 1904 en Virginia Woolf.

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