17 ago 2026

Victorio Suárez

Abro los ojos,
la luz del atardecer
no empujó las cortinas.
En la cama
dos cuerpos
y un abrazo
que comienza a despedirse.

Baldíos de memoria,
urdimbre virginal,
endemoniadas ceremonias,
ardores perpetuos,
poros cremados,
rigidez de silencio
y un círculo donde
yace el pan de mi carne.
Agitada paloma del universo,
cuerpo terrenal
delirio de horas dulces,
mi voz caída
pregunta por ti
en el alba.

Delicada esencia
que iluminas
desamparados arrebatos.
Almohada solitaria,
aroma de alejamiento,
pináculo de letanías.
Piel transparente,
tiempo congelado
y un pájaro muerto
en el balaustre del alma.

La tristeza es un clavo caliente
taladrando los sentidos.
Hay pasos que no se ven
y que no tienen
el pulso del alba.
La noche está adentro,
ya desprendió sus botones de sombras.
Los ojos perdieron su brillo,
no ven más que signos de cuerpos
que no reposarán
en las orillas aclimatadas del aire.

Del estío remoto nació la irradiación
para rehacer un ser innominado.
Entonces asomó el día
y liberó de los naufragios
la verticalidad de las palabras.
Despertaron las deidades
en un sitio de amapolas,
remacharon sus estelas de fuego
en las rondas del viento
y no duraron en rasgar
aquellas reminiscencias que construyeron
sus rúbricas en los poros de la vigilia.
Este escritor, nacido en Asunción en 1952, forma parte de la denominada Generación del 80 y ha publicado en todas las ediciones colectivas que realizó el Taller de Poesía “Manuel Ortiz Guerrero”. También ha publicado poesía en solitario en sus libros Los fuegos del alba y Cristal interior (Bardo Thodol). Los poemas que acercamos hoy pertenecen a su nuevo libro, lanzado este año, El cristal y la rosa, editado por Servilibro.
Umbral de palabras