En estos días se ha celebrado en Asunción un congreso internacional sobre la Guerra de la Triple Alianza.
Me parece positivo, porque el conocimiento del pasado es necesario para la comprensión del presente.
Por otra parte, el estudio del pasado no debe apartarnos de un presente que no se presenta muy promisorio.
Concediendo que las comparaciones son odiosas, me permito la siguiente consideración: desde el punto de vista ecológico, los sobrevivientes de la Triple Alianza vivieron en un entorno preferible al de los paraguayos de hoy.
Durante la guerra, hubo una tala abusiva de bosques en ciertos escenarios de combates, pero el daño pudo repararse permitiendo el crecimiento de la vegetación.
Dentro de todos sus infortunios, ellos disponían de agua, aire y tierra no contaminados. Las lluvias limpiaban los pueblos y ciudades carentes de un sistema sanitario.
Hoy ya no existe esta posibilidad, debido al crecimiento y a la concentración de la población en las ciudades, que es un fenómeno internacional mas no por eso deja de ser alarmante.
Con las ciudades crecen los suburbios, y el número de personas que viven en condiciones precarias; algo muy grave en sí mismo y peligroso por la globalización de las enfermedades.
La situación del campo es alarmante. Casi estábamos acostumbrados a la deforestación salvaje en la Región Oriental; un estudio de la Universidad de Maryland nos muestra que la deforestación del Chaco no es menos irracional.
La tala de árboles en la Región Oriental puede repararse; la del Chaco es mucho más grave, porque la deforestación puede llevar a la desertificación. Las fotos satelitales nos muestran la salinización de terrenos deforestados.
A esta destrucción de bosques debe agregarse el empleo del suelo para cultivos comerciales con variedades transgénicas, que conduce al monocultivo.
El monocultivo lleva a un aumento creciente de agroquímicos. Como el glifosato ya no alcanza, se lo complementa con pesticidas muy tóxicos como el paraquat y el 2,4D.
Además de destruir los cultivos no transgénicos (no resistentes al glifosato), las fumigaciones masivas afectan la salud de los animales y los residentes del campo, además de empobrecer el suelo y contaminar el agua.
El Gobierno reconoce que no puede controlar las fumigaciones; las quejas de los afectados no tienen consecuencias por lo general.
No necesito recordar qué ha pasado con el lago Ypacaraí; según opiniones serias, al Ypoá le espera un futuro similar si no se toman medidas a tiempo.
Cuando yo era chico se podía pescar en la bahía de Asunción; hoy la bahía y una buena parte del río Paraguay están demasiado contaminados para permitir la vida de los peces.
En otros cursos de agua del país se observa una degradación parecida.
Sin duda, la destrucción puede detenerse y sus consecuencias paliarse si se toman las medidas adecuadas.
Si no se toman, si la destrucción del medioambiente sigue a este ritmo, el Paraguay enfrentará una devastación comparable a la de la Triple Alianza.
Es esta guerra solapada la que más debe preocuparnos.