País

Una nueva estrategia

 

Umberto Eco fue un intelectual, novelista y filósofo que sufrió en su persona los efectos del fascismo italiano.

Edito hoy algunas notas de su conferencia en la Universidad de Columbia, en los Estados Unidos, el año 1995 contra El fascismo eterno.

Fascismo es ante todo el culto a la tradición.

Según él “la verdad ya ha sido anunciada definitivamente y solamente podemos seguir interpretando su mensaje”.

También el culto de la acción por la acción. La acción ya es bella en sí misma, por lo tanto debe de realizarse ante y sin cualquier reflexión.

Por eso el fascismo rechaza todas las actitudes críticas.

De ahí que sus juicios sean muy duros sobre los intelectuales o “las universidades nidos de comunistas”.

El fascismo se nutre de la frustración individual o social.

Una de las características de los fascismos históricos ha sido el apelar a las clases medias frustradas, totalmente desvalorizadas por crisis económicas o humillaciones políticas.

Asustadas por la presión que ejercen los grupos sociales que, desde abajo, las presionan.

El fascismo tiene la obsesión del complot, también internacional, contra él.

Sus seguidores tienen que sentirse sitiados, atacados.

El modo más fácil de crear un complot adverso es el empleo de la xenofobia.

En el fascismo no hay lucha por la vida, sino una vida para la lucha.

El pacifismo es malo para esta lucha permanente.

Como la guerra permanente exige un heroísmo difícil el fascismo transfiere su voluntad de poder a cuestiones sexuales.

Este es el origen de su machismo.

El fascismo se apoya en un populismo cuantitativo.

Los individuos como individuos no tienen derechos y el pueblo es concebido como una entidad monolítica que expresa la voluntad común, la voluntad de todos.

Y eso se muestra en las grandes concentraciones.

Mucho ha llovido desde estas ideas en 1995 hasta el fascismo “a la brasileña” de Bolsonaro.

Pero el de entonces y el de ahora son un peligro para la democracia.

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