Nunca antes me habían presentado a Mónica Bustos. Sabía que existía, sabía que escribía, había leído incluso algún que otro texto suyo por ahí, pero no la conocía personalmente. Cuando me enviaron un mensaje al teléfono contándome con sorpresa que ella había resultado ganadora del I Premio Augusto Roa Bastos de Novela, confieso que también me asombré, pero llamé a la persona que me avisó y le mentí con inocultable vanidad ajena: “Sí, claro que la conozco, es de mi generación”, le dije. Por lo menos en algo no mentía, y esa es la parte importante de la historia: Mónica Bustos integra una camada de escritores jóvenes (narradores, sobre todo), de entre 25 y 40 años, que con paciente seguridad está mostrándose y haciéndose sentir en lo que a publicaciones se refiere: Javier Viveros, Juan Ramírez Biedermann, José Pérez Reyes, Diana Viveros, Cristino Bogado, Édgar Pou, Éver Román, entre otros.
Unos días después de concedido el Premio, le hice una entrevista por correo electrónico que salió publicada en estas mismas páginas. Sobre todo tenía ganas de preguntarle si se animaría a ser, de aquí en más y con todas las letras, una narradora, una novelista, en un país con poca tradición en ese oficio específico, en donde incluso los novelistas (hombres y mujeres) son más bien cuentistas que escriben novelas (el caso de Helio Vera y su póstuma La Casa Blanca es paradigmático: nunca despega la pretendida novela. Para ellos, en todo caso, vale aquello de Camilo José Cela, quien, cuando le criticaron por la experimental Cristo versus Arizona, dijo que para él toda obra que lleva el título en la tapa y un poco más abajo la palabra “novela”... pues es una novela).
Unas semanas después, sonó el teléfono en la Redacción del Diario. Del otro lado, la voz aniñada de Mónica me preguntaba si no quería oficiar de presentador de Chico Bizarro y las moscas. El motivo generacional fue uno de los argumentos de la invitación, si mal no recuerdo. Aunque aún no la había leído, por supuesto, y quedaba una semana para la presentación, le dije que sí. Convinimos que le haría una entrevista en vivo como modalidad de presentación: así podría desligarme de la responsabilidad de decir cualquier estupidez, por un lado, y la protagonista sería quien verdaderamente tenía que serlo: ella. Aun así, la Editorial Santillana me hizo llegar una copia en borrador para que intentara leer sus 360 páginas en solo cuatro días. Entre el laburo, las responsabilidades paternas y otras cosas, leí lo suficiente (unas 200 páginas) para estar convencido de que es una obra cuyo mínimo mérito tendría que ser no pasar desapercibida.
El viernes 6 de agosto nos sentamos frente a la gente, en la Biblioteca del Centro Cultural Juan de Salazar, y por casi media hora conversamos más que nada. No llevé una grabadora (ahora me arrepiento), pero de entre las cosas que ella habló - y que recuerdo- , destaca la decisión de darle voz a personajes marginales a los que la literatura paraguaya no les ha prestado mucha atención, como la de esa maravillosa banda de criminales alocados y de alto vuelo que protagonizan Chico Bizarro y las moscas. Es bien Tarantino eso (como ella misma acepta cuando habla de su influencia cinematográfica), pero también genuinamente paraguayo: con esta banda se realiza un viaje a la trastienda de ese Paraguay de la transición, hecho de consumismo, paraísos artificiales, pobreza, magnicidios, proyectos mesiánicos, etcétera.
Ella justificó lo que previsiblemente puede, para ciertos lectores, resultar una objeción al universo ficcional de la obra: las historias bizarras que suceden en ella, muchas veces, son igualadas, cuando no superadas, por la realidad. La realidad paraguaya, para más señas. "¿Quién dice que no encuentren en la novela al ?veterinario cazador’”?, preguntó al público, que rió ante la alusión a ese personaje que ocupó por varios días las primeras planas de los diarios por haber cazado animales en extinción en el Chaco, y hacer alarde de ello en el Facebook.
Las referencias, casi siempre paródicas o desacralizadoras, a personajes y momentos llenos de aura santa en la historia de nuestro país también fueron tema de conversación. Para Mónica, ella está haciendo literatura, y con la literatura se puede hacer todo. Una divisa casi roabastiana, quien en el prólogo a Vigilia del Almirante afirmaba, para aquellos que ya habían criticado la “no historicidad” de Yo el Supremo, que “para la ficción no existen libros canónicos”. Una lección para aquellos lectores que, como decía un personaje de Bolaño, leen los libros con camisa de fuerza puesta.
Y hablando del escritor chileno, para Mónica el autor de Los detectives salvajes es “casi un dios” de la literatura. Lo considera, junto a Rodrigo Fresán, el Xavier Velazco de Diablo Guardián (el que le mostró lo divertido de escribir una novela con banda sonora) y el menos visible Tomás Eloy Martínez, como maestros suyos.
Hablamos de varias otras cosas, cuyos detalles ya no recuerdo, y no me gustaría traicionar sus palabras. Lo que sí me gustaría que este país traicione es esa costumbre de hacer pasar desapercibidas las cosas buenas, como si no hubieran sucedido. Chico Bizarro y las moscas deben ser como esas mismas moscas que una y otra vez aparecen, a veces sin qué ni para qué, en la novela: dar cuenta de algo que está muriendo, pero también de algo que se cuece. Y que lo está haciendo bien.
Fue presentada en el Centro Juan de Salazar la novela Chico Bizarro y las moscas, ganadora del Premio Augusto Roa Bastos. Una crónica atípica.
Literatura
Blas Brítez
Periodista
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