Desde la gran depresión de abril, el PLRA necesitaba un hito que sirviera de bisagra simbólica hacia el futuro. La convención del domingo pasado apuntaba a ser un reencuentro con los mejores ideales de la doctrina partidaria y un momento de severa autocrítica sobre los errores del pasado cercano.
Catorce meses en el poder —alcanzado de manera cuestionable— no fueron una vidriera del arte del buen gobierno.
Fue lo contrario, y no vale la pena explayarse sobre los motivos. Un solo dato histórico demoledor: dos décadas atrás la ciudadanía consideraba como muy improbable que un gobierno liberal pudiera ser más corrupto que uno colorado. Hoy la percepción ha cambiado.
Es que el PLRA ha cambiado. Ha dejado de representar lo ético y se ha sumido en un conservadurismo que, de nuevo, supera lejos al de los colorados.
Convengamos que nunca fue un partido revolucionario; pero sí fue reformador y con fuerte tinte social hasta fines de los noventa. Su posición de resistencia a la dictadura le significó un gran apoyo ciudadano, que envió al basurero de la historia a las facciones que eran funcionales a Stroessner.
Hoy más parece una agencia de empleos que un faro de orientación ideológica. Frente al gobierno Cartes, se mezclan, sin orden ni concierto, funcionales y resistentes.
Alejados de la gente, no percibieron el enorme costo de blindar al cuestionado Víctor Bogado. Poco acostumbrados a la autocrítica, su mirada hacia la gestión de Federico Franco es peligrosamente complaciente. Y, para peor, la travesía del desierto ha comenzado sin que se avizoren nuevos líderes en lontananza.
Suficientes razones para que la convención partidaria sea importante. Allí debía cerrarse el duelo de la derrota y, asumidos los errores, abrir una nueva historia para el PLRA.
La recuperación de la mística, de los valores y del entusiasmo de este partido centenario hubiera podido encontrar en los debates del domingo pasado un arranque vigoroso. Pero no fue así.
No fue una convención mala, las hubo peores. Los liberales llegaron a la conclusión que deben ser opositores.
Vaya novedad, ese es el rol que les habían asignado los votos de abril. El problema es que no hubo mucho más que eso. No se sintieron los vientos de un nuevo partido. Final desangelado, con olor a viejo. Oportunidad perdida, pues, o el PLRA reinventa su modo de hacer política o estará mucho tiempo en ese cómodo segundo puesto.