Opinión

Un Hombre Araña frente a las dificultades

Gustavo A. Olmedo B Por Gustavo A. Olmedo B

Sobre el sufrimiento no se puede teorizar. Tampoco se puede sobre la vida humana, intentando determinar si la de este o aquel “ya no tiene valor” o no merece conservar este derecho básico, por las “perspectivas de calidad de vida”, concebida con base en estadísticas o alguna ideología progresista en boga. Por ello, miles de teorizaciones sobre el “bienestar” humano, muy frecuentes en proyectos y documentos de organizaciones, están vacías de contenido práctico.

Hay formas de vivir o experimentar el dolor; una de ellas es asumirlo como una oportunidad y un aprendizaje, intentar sacar provecho de él; lo que, necesariamente, implica contar con la compañía cercana y concreta de personas amigas; esas que sostienen la positividad de la mirada de quien sufre. No es cosa fácil, pero es real, ocurre.

Mattia Villardita, un joven italiano de 28 años, nació con una malformación congénita que le obligó a ser paciente de un hospital pediátrico por 19 largos años de su vida. De niño, debió someterse a múltiples cirugías y pasó meses de recuperación en habitaciones de hospital, publica el portal ACI Prensa. Esta difícil experiencia, sin embargo, le dio una perspectiva de vida agradecida, que hasta le llevó a convertirse en superhéroe. Vestido de Spiderman se dedica a visitar a niños enfermos en hospitales de numerosas localidades de su país. Además, tiene en marcha el proyecto de Superhéroes en el barrio, con el que reúne a un grupo de amigos suyos que, como voluntarios, se visten de personajes populares para visitar nosocomios. Su caso se hizo viral ayer, cuando, vestido del popular personaje de Marvel, Mattia participó de la Audiencia General en el Vaticano. Experiencias similares de superhéroes se pueden encontrar en nuestro medio, como es el caso de los voluntarios de la Fundación Dr. Payasonrisa Paraguay, que llevan alegría y esperanza a centros hospitalarios. Son ejemplos inspiradores.

En tanto, una postura muy difundida es la de despreciar la vida cuando hay situaciones de dolor; una “cultura del descarte”, de la que todos estamos impregnados. De aquí nacen las leyes de eutanasia y aborto, que tiene el apoyo de grandes fundaciones que financian proyectos de salud sexual y reproductiva en los países de América Latina, incluido Paraguay, ejerciendo presión a los gobiernos con este objetivo. Y detrás no solo hay una ideología de descarte y desprecio de la vida humana, sobre todo de aquella indefensa y aparentemente “inútil”, como la de los ancianos, personas con grave discapacidad o enfermos terminales, sino también existen intereses económicos, vinculados, por ejemplo, a la comercialización de determinados medicamentos para dichas prácticas o la reducción de los fríos presupuestos estatales.

Es una mentalidad monstruosa que se va instalando frente a la vida humana. El 10 de junio pasado, el Departamento de Salud y Atención Social de Reino Unido publicó un informe estadístico que registra que en 2020 se realizaron más de 210.000 abortos en Inglaterra y Gales; de los cuales más de 3.000 fueron “por motivos de discapacidad”, léase bebés con síndrome de Down, labio leporino o paladar hendido.

Nos encontramos ante la emergencia de una educación de lo humano y lo esencial; una que nos permita acompañar con certezas a quien sufre o está hundido en la oscuridad del dolor; que nos haga comprender el valor inalienable e intrínseco de la vida humana, percibir toda su belleza y positividad, aun en medio de las dificultades; una educación que nos abra la mente para reconocer que no se puede ser persona de primera o segunda categoría, según una dolencia o coyuntura. Urge retomar esa postura serena, conocida de padres y abuelos, quienes, ante la adversidad y con la conciencia de que la vida es un don, dejaban aflorar preguntas y deseos del propio corazón; y ese superhéroe con mirada de bien que, como tantos lo testimonian hoy, es la posibilidad de una bocanada de esperanza en medio de la tempestad.

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