Por Patricia Lima
El nombre del grupo surgió espontáneamente. Veinte mamás que se reúnen para hablar de sus hijos: Las Chismosas. Nada más acertado. Un burocrático funcionario municipal les sugirió que lo cambien por Las Gestionadoras. Ni se les pasó por la mente hacerle caso. "¿Por qué Las Chismosas? Porque a través del chisme sabemos todo lo que pasa”, explica una de las integrantes. Y “saber” es la base para “confrontar” la realidad.
Desde el nombre, estas mamás buscan enfrentar a un ambiente que las rechaza, victimiza y discrimina. Son mujeres de un asentamiento marginal en la zona metropolitana, cuyos hijos consumen drogas y muchos están envueltos en hechos delictivos. Ellas, para responder a esta situación, optaron por organizarse.
Desde hace un año y medio, conformaron un grupo que les permite hablar sobre sus problemas, recibir contención de ellas mismas y proponer soluciones. Se trata de un proyecto de salud mental comunitaria, impulsado desde la Unidad de Salud Mental de Fernando de la Mora, a cargo del médico psiquiatra Agustín Barúa. Lo apoyan en forma voluntaria amigos y promotores culturales que creen que la vida y la salud se pueden encarar de una forma distinta, con una visión menos represiva y asistencialista: desde la búsqueda de fortalezas en las propias comunidades.
Villa Cerrito está ubicada en la Zona Sur de Fernando de la Mora. Está conformada por 200 viviendas que se asentaron en forma irregular hace dos décadas. Hoy se ha convertido en un entramado de pasillos empedrados y casitas amontonadas. Allí, las carencias hieren letalmente las esperanzas de los jóvenes. No hay trabajo, ni lugar de esparcimiento, ni suficientes escuelas. La Policía califica el área como Zona Roja y son frecuentes los rastrillajes con la excusa de buscar delincuentes, en los que, en realidad, los oficiales apresan a los jóvenes para golpearlos y pedirles plata. “Los policías solo les piden dinero, les agarran y les roban. (Si cometió un delito) está bien que pague lo que tenga que pagar (que sea detenido, que vaya a juicio), pero que no le peguen y le pidan dinero. Eso es lo que nosotros vivimos”, comentó una joven mamá de 18 años, con dos hijos.
La violencia policial es solo una de las realidades que lastiman a estas mujeres. Ellas reconocen que sus hijos tienen problemas, pero la única respuesta que reciben del Estado es represión. “Necesitamos trabajo. Yo estudiaba, pero como no tengo un lugar donde recrearme a consecuencia de eso me embaracé, como todas las chicas de acá”, relata otra jovencita.
Salir adelante es difícil sin oportunidades. Por ahora, se reúnen dos veces por semana, los martes y viernes. Esto les permite superar la depresión y el estigma. “Porque nadie te ayuda cuando sos una mamá con un hijo con problemas de drogas, los colegios te dicen que no hay vacante”, relata una señora. Estas mamás están seguras de que un centro de rehabilitación, dentro del barrio, les permitiría una oportunidad.
La experiencia de este grupo comunitario no es convencional. Tomi Roa ?un teatrero-músico-trabajador social voluntario al que le cuesta varios titubeos encontrar un título para definir su oficio? se pasea al rededor de la ronda que forman las mujeres con un campanita que hace un sonido agudo. Prueba a ver qué sensación genera durante la charla. A sus compañeras no les molesta, ya están acostumbradas a sus inventos. A veces hacen ejercicios corporales, juegan con saltos, con abrazos. Y hablan, hablan mucho. La idea es que el chisme, ese infalible nexo comunitario, les permita además proyectar sus vidas, sus dramas, su futuro.
¿QUÉ ES UNA UNIDAD DE SALUD MENTAL?
Es un grupo multisciplinario de profesionales que busca la preservación, la asistencia y la rehabilitación de la salud mental en una comunidad.
La Dirección de Salud Mental comenzó a crear estas dependencias en el 2002, con el objetivo de descongestionar el Hospital Neuropsiquiátrico y mejorar la atención. Actualmente existen 17 en el área metropolitana y 15 en el interior.
UN ENFOQUE DISTINTO
Agustín Barúa, psiquiatra especializado en salud mental comunitaria, explicó que el objetivo de este proyecto es construir otro enfoque de salud mental, sin consultorios ni hospitales, diferente a lo que convencionalmente realizan las instituciones. “Lo que hay es un abordaje represivo del Estado que criminaliza la pobreza, en lugar de responder a la falta de educación, salud y recreación”, planteó.
La conformación y el acompañamiento al grupo Las Chismosas son distintos. Aunque inició en la Unidad de Salud Mental del Hospital de Fernando de la Mora, la tarea de contención psicológica se caracteriza por ser lo menos institucionalizada posible.
Los voluntarios del proyecto recorren el barrio, con short y zapatillas, hablan con la gente, toman tereré. Así el contacto imperceptiblemente se transforma en un apoyo terapéutico. Los problemas afloran y se van destilando.
“Muchos suicidios ya evitamos”, comenta una de “Las Chismosas”. “A mí misma me ayudó mucho.”
Hubo solo un caso extremo en que una de las vecinas tuvo que ser internada en el Hospital Neuropsiquiátrico, para contener una crisis. Pero la mayor parte de esta terapia comunitaria se realiza a través de la conversación y el apoyo que se dan unas a otras. El primer paso ?organizar a las madres? ya está hecho. Ahora el gran desafío es involucrar a los jóvenes. Algunos logros se tienen. “Ellos notan que sus mamás están mejor y eso les pone contentos”, explica una mamá.