De estar vigente cuando ella debutó, no habría podido trabajar: “Un médico habría visto que tenía el pulso extremadamente débil, que perdía pelo, que tenía osteoporosis, que no tenía la regla. Cuando se tiene el rostro terroso, casi verde, se ve rápidamente que hay un problema”.
Victoire fue descubierta a los 18 años cuando hacía compras con su madre en París. Hija de un ingeniero y una artista, preparaba su bachillerato y soñaba con estudiar Ciencias Políticas, pero se dejó llevar por la promesa de las pasarelas y entró en la agencia Elite.
“Nadie me dijo que debía perder peso, pero me dijeron: ‘En setiembre harás las Fashion Weeks, la talla es 32-34 y debes caber’. Es en ese momento cuando tendría que haberme ido”, lamenta.
Víctima. Para cumplir con los cánones del mundo de la moda, se lanzó a un régimen de hambre a base de manzanas y bebidas gaseosas: “Cuanto más adelgazaba, más gorda me veía”, explica la joven, que ahora usa la talla 38, pero pasó sucesivamente por la anorexia y la bulimia.
Es lo que sucede cuando ves “imágenes todo el día que te confirman que la belleza es delgadez extrema”, afirma.
En su libro Jamás demasiado flaca. Diario de una top model, Maçon recuerda cómo veía a modelos comer frente a las cámaras durante los desfiles para después ir a vomitar al baño. Participar en sesiones fotográficas, donde solo había comida para los fotógrafos. Desmayarse de inanición y fatiga en la calle en plena Fashion Week de Nueva York. “Las chicas que siguen trabajando hoy dirán que miento porque quieren seguir, pero no hablan porque no pueden decir nada: hay una verdadera omertà (ley del silencio) en este mundo”, denuncia la joven. AFP