Opinión

Tolerancia a la paraguaya

Luis Bareiro Por Luis Bareiro

La tolerancia surgió como un movimiento que buscaba acabar con las guerras religiosas entre católicos y protestantes en la Francia del siglo XVI. Tenía un sentido casi peyorativo, era la resignación ante aquellas cosas que sencillamente no se podían cambiar. El iluminismo lo convirtió en un rasgo positivo, un requisito irrenunciable para la vida armoniosa en una sociedad. Ser tolerante supone desde entonces respetar las ideas, las creencias y el comportamiento de las personas, aunque no coincidan con nosotros.

La tolerancia no supone, sin embargo, aceptar situaciones que impliquen el quebrantamiento de la ley, o perjudique el derecho de los demás. El ejercicio de la tolerancia se da en otro nivel. Podemos discutir y criticar las ideas, las creencias y el comportamiento de los otros, pero en tanto estos correspondan al ámbito privado y a decisiones personales adoptadas en el marco de sus derechos, estamos obligados a tolerarlos. De eso se trata la tolerancia positiva.

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La tolerancia paraguaya, empero, funciona justamente al revés. Hemos desarrollado una vergonzosa aceptación de prácticas dolosas que provocan un daño irreparable a la sociedad; personas que han acumulado fortuna de manera grosera ocupando cargos públicos sin que exista la menor relación entre sus ingresos y su incremento patrimonial son tratadas como respetados caudillos políticos. La riqueza por sí sola garantiza la pleitesía de los demás, independientemente de su origen.

En contrapartida, cualquier persona que escape de los cánones de la normalidad, en cuanto a sus preferenciales sexuales o a sus convicciones religiosas —o a la carencia de estas— está siempre a un paso de la lapidación pública. En Paraguay toleramos al corrupto y al narco, pero que no nos pidan que aceptemos a quien ose vestir las ropas del sexo opuesto o pretenda asumir una identidad distinta de su género.

El domingo pasado entrevisté en televisión a un joven proveniente de un barrio humilde del Bañado Sur con una historia muy particular. La organización de la Orquesta de Instrumentos Reciclados de Cateura lo reclutó cuando tenía 12 años. Con ellos aprendió a ejecutar el violín y recorrió más de cincuenta países haciendo música. Hace unos años, imitando a su madre y sus vecinas, creó a un personaje en redes sociales que se volvió viral. La popularidad le abrió las puertas de firmas locales y multinacionales que le contrataron como figura publicitaria. El dinero que ganó le permitió abrir un salón de belleza e invertir en una mueblería. Ahora, a sus veinte años, pretende empezar una carrera a nivel internacional en el mundo del modelaje de las grandes firmas.

Reúne todos los requisitos para que lo inviten a un programa de entrevistas. Hay, empero, un detalle que lo deja fuera del concepto paraguayo de la tolerancia. Este joven se identifica como mujer, se viste como tal e incluso inició un tratamiento médico y legal para convertirse física y jurídicamente en una.

Se siente como ella y espera que la tratemos así. Nada importa lo que yo o cualquiera piense sobre cuál es su género, es una cuestión privada suya y si quiere vestir como mujer y que la traten como una es lo que corresponde hacer, estemos o no de acuerdo. De eso se trata la tolerancia.

Luego de la entrevista —como hago con todos los invitados—, me tomé una foto con ella que subieron a las redes. Y allí salió a relucir con fuerza una vez más el concepto torcido de tolerancia de un número tristemente alto de compatriotas. La imagen suponía —según esta curiosa interpretación criolla— desde una promoción de tendencias sexuales distintas a la heterosexualidad hasta la constatación de un plan siniestro para acabar con los bebés en el mundo.

En los últimos meses se hicieron públicas un montón de fotografías de candidatos y líderes políticos con narcos, abogados de narcos y ladrones consuetudinarios del dinero público. La reacción fue minúscula. Con ellos la tolerancia se aplicó generosamente. El mensaje es claro. Podemos aceptar el saqueo estatal y la complicidad mafiosa sin mucho pataleo, pero jamás los tacones y el labial en alguien que nació macho.

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