Opinión

Tiempo de promesas

Brigitte Colmán Por Brigitte Colmán

Caminando por las calles de mi barrio, en Asunción, tomé conciencia de pronto del escaso interés y de la escasa confianza que merecen los candidatos en las municipales.

El desinterés de los ciudadanos es un hecho terrible, pero resulta muy conveniente para el establishment, para aquellos que solo buscan que todo siga igual.

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En este tiempo que vivimos escuchando las promesas, una se pregunta en qué mundo viven, y no hablo solo de los candidatos a intendente, sino también a los que aspiran a ser concejales municipales.

Dado que somos una democracia representativa, participativa y pluralista, según la Constitución Nacional, que además establece que la soberanía reside en el pueblo, o sea todos nosotros. “El pueblo ejerce el Poder Público por medio del sufragio”. Ese es el poder que tenemos: elegir a quienes nos van a gobernar.

Aunque hay que decir que como pueblo tenemos un gusto horroroso; si dudan, vean lo que queda del país con 70 años de gobierno de un único partido, la ANR. Igualito que en Cuba, pero sin el Caribe y sin mojitos.

El voto es muy importante para la democracia. La democracia –incluso una como la nuestra– será siempre mejor que una dictadura, y de dictaduras este país sabe demasiado.

El problema con el desencanto es que uno ya sabe que va a ir a votar, pero que no va a representar un cambio significativo en la vida real de los ciudadanos.

El paseo por el barrio –que mencioné al principio– me mostró lo lejos que viven las autoridades de las necesidades de la gente. Nosotros los elegimos, pagamos sus salarios y dietas –y solo Dios sabe cuántas cosas más–, para que tras las elecciones ellos se muden a vivir a Neptuno.

A unas cuadras de donde vivo, sobre una calle asfaltada y muy concurrida por los vehículos, está ubicada la sucursal de un banco. El banco utiliza toda la vereda como estacionamiento, privando al peatón de un espacio para transitar; por lo tanto, el peatón se ve obligado a caminar sobre el asfalto, poniendo en riesgo su integridad física.

Esta es una imagen muy común en la ciudad de Asunción. Por todas partes se ven las veredas ocupadas, por vehículos estacionados, y por negocios que exhiben todo tipo de mercaderías, que van desde heladeras y muebles hasta autos. Muchas de nuestras veredas están ocupadas y las demás están rotas, o muestran impúdicas los agujeros de registros de los servicios públicos (ANDE o Essap). Pero, al parecer, ninguna autoridad municipal ve lo que pasa en las veredas de la ciudad.

Otro detalle –solo por mencionar uno más– es la dificultad para cruzar las calles asfaltadas, pues muy pocos automovilistas en este país respetan la franja peatonal. El pobre peatón que necesita cruzar una calle, debe hacerlo corriendo para evitar ser atropellado como un sapo. Es más, yo tengo la impresión de que hay algunos descerebrados que cuando ven a un peatón pisan el acelerador con diabólico placer.

Esto se resolvería fácilmente. Si alguien pensara en nuestra seguridad, bastarían unos semáforos peatonales, de esos que se usan en países civilizados. Pero claro, para resolver un problema uno tiene que ser consciente de que existe el problema. Y como tanto los intendentes como los concejales viven en Neptuno, jamás se enteran de lo que necesitamos los vecinos para tener mejor calidad de vida.

Por supuesto van a salir a justificarse, diciendo que nunca les alcanza el presupuesto, lo cual es una mentira, porque siempre tienen plata para contratar a más funcionarios, a los que además eligen especialmente por sus conexiones familiares o partidarias.

En el año 2020, de enero a agosto, el Ministerio de Hacienda transfirió 1,049 billones de guaraníes a municipios y gobernaciones. ¿Cuánto de este dinero habrá sido utilizado para dar calidad de vida a la gente?

Les dejo con esa interrogante y recomiendo que se mantengan en alerta en este tiempo de vanas promesas electorales.

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