Opinión

Tiempo de canallas

Blas Brítez — bbritez@uhora.com.py

Blas Brítez Por Blas Brítez

Todavía no finalizó abril. En el ámbito hispánico, este es un mes que tiene reservado un día para el homenaje a los libros, el día de hace exactamente una semana. Hasta ahora, parafraseando a T. S. Eliot, abril es el mes más cruel de la pandemia en Paraguay y se avizora un mayo crudelísimo.

Quiero entonces hablar de un libro leído hace unos días, publicado en 1977. Mi tardía recomendación del Día del Libro. Antes de pasar los ojos por sus páginas, llegué a ellas tras pensar en los más de seis mil paraguayos que ya no viven por culpa de la peste, cuyas familias han quedado abatidas, angustiadas en medio de las deudas contraídas para salvar a quienes no han podido salvar de la enfermedad y del colapso sanitario de este país. Llegué a ellas por su título tentador: Tiempo de canallas.

Lillian Hellmann, su autora, nació en Nueva Orleans en 1905. Sobre todo en los años 30 y 40, fue junto a Eugene O’Neill y Tennessee Williams, una de las más importantes dramaturgas norteamericanas. Poco traducida al castellano, por otro lado.

Nunca antes había leído Tiempo de canallas, pero definitivamente este es su tiempo. Se deja leer con agilidad y, para hacerlo y ambientarlo, puse varios álbumes de jazz (Chick Corea y Takuya Kuroda, no el jazz de la época narrada en estas memorias). Me lo zampé de una tajada, indignado y, al mismo tiempo, aliviado por saber de la existencia de ejemplos ciudadanos como el de Hellmann.

Libro tan divertido el suyo, a pesar de ser macabro en sus personajes reales y su pasillos burocráticos. Generoso también. Y amargo. Cuenta un periodo oscuro de los Estados Unidos, con la extraña verdad carnal de la dramaturgia que Hellman vuelca, maravillosamente, a una prosa acusadora, prosa como verdad: contra el poder, contra la industria cinematográfica, contra los colegas y amigos y amigas que se han (y te han) vendido por el solo acceso a piscinas o limusinas; que te han entregado por el puro miedo delator convertido, automáticamente, en algún privilegio nuevo o en la manutención de uno viejo; que te han inculpado, a veces, por la sola perplejidad de verse interrogado. Libro silencioso, por supuesto, cuando enseña a callar para salvar a los demás de la injusticia. No por imperativos ideológicos, sino más bien éticos y humanos, en este caso bajo una (para muchos, entonces) sorprendente inquisición del macartismo anticomunista en los Estados Unidos. Digo bien: para muchos: Lilian Hellmann, empática dama sureña, sabía que hubo precedentes de purgas y otras cosas peores desde 1917 entre los pobres de su país, sobre todo entre los negros, acusados de anarquistas, de comunistas.

Hacia la mitad del libro, Hellmann se pregunta: “¿Desde cuándo era necesario estar de acuerdo con alguien para defenderlo de la injusticia?”. Y más adelante: “La verdad lo convertía a uno en traidor, como a menudo sucede en tiempos de canallas”.

Paraguay —a menudo no se quiere reconocer esto— no salió de su tiempo de canallas, instaurado en los mismos años en que la dramaturga estadounidense sufrió la persecución de su gobierno con su pareja el novelista Dashiell Hammett, en el caso de este también la cárcel solo por haber pertenecido a una específica agrupación política. Esto en el país al que alguna vez Mario Vargas Llosa se refirió como la única democracia que no sufrió dictaduras, ni terrorismos estatales… Los recuerdos del dictadorzuelo histérico en que se convirtió Harry Truman en la inmediata posguerra se agradecen a Hellmann por permanecer comúnmente olvidados en los terrenos de la intelectualidad bien pensante liberal, republicana.

En Paraguay, todo tiempo es propicio para los canallas. Ya lo vieron con el actuar de este Gobierno. Que sigan gobernando los canallas —”jauría de perros”— es otra cosa también muy paraguaya que a mi admirada Hellmann —creadora de personajes inolvidables y fuertes encarnadas en el cine y en el teatro por Bette Davis o Audrey Hepburn— le hubiera hecho palidecer de horror y de aburrimiento.

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