13 ago 2026

Sueños rotos

Siempre habíamos soñado que la democracia haría posible en nuestro Paraguay, una especie de “paraíso” para la convivencia. Con gobiernos probos y una sociedad en la que campearán ideas progresistas y buenos sentimientos, junto al respeto y las oportunidades para que todos tuviéramos una existencia parecida a la felicidad.

Nunca en tiempos anteriores había sucedido. Tal pareciera que al “construir progreso”, nos olvidamos de que el vocablo se remite básicamente a que tuviéramos lo mejor, en todos los sentidos. Sin que algún empenachado componente de una fuerza militar o el caudillo de una circunstancial cofradía partidaria tuvieran que hacernos cuesta arriba la misión.

Algunos de nuestros líderes del pasado creyeron por lo visto y andado que el liderazgo era atributo de los “hombres fuertes” y, en lo posible, con mucho dinero y/o, bien armados. Y que el pueblo no era sino una masa indocta, carente de razón cuyas necesidades no iban más allá de hacerse de un recurso laboral para ir tirando. Sin que molesten.

Los nuevos militantes de aquellas viejas banderas –de cualquiera de los colores– creen ahora lo mismo que ayer. Porque con más de 35 años de la democracia desperdiciada y desprestigiada que tenemos, pretenden que sigamos bailando con la música de siempre. Con el mismo propósito de que lleguen arriba, sin mirar abajo. Fingiendo ignorar que “la patria se nos muere de tristeza” sin que ninguno de ellos atine a entender –al parecer– que su responsabilidad va mucho más allá de empadronar adherentes seduciéndolos con “algún efectivo’i” para llevarlos a votar el día de elecciones.

Porque tal argumento parece ser la máxima elaboración intelectual que han podido concebir para el ejercicio democrático. Con sus hilos mentales conectados a mandatos que provienen desde otros recintos, donde deben concretarse los objetivos de un Estado nacional, solo atinan a preocuparse de lo superfluo o lo banal. Como el traslado de la urna de Elisa Lynch al Panteón de los Héroes, los cambios de horario, el traslado de fechas históricas para concretar feriados más largos o cualquier nimiedad que permita denotar que el organismo nacional sigue respirando.

Porque cuando los ámbitos de trabajo se trasladan de sus escenarios naturales, cuando los roles de los estamentos de gobierno se confunden y los símbolos del poder se disuelven; cuando se informaliza la gestión pública con la equivocada idea de convertirla en espectáculo, de frivolizarla para que parezca “más democrático”, es cuando el Estado nacional está en peligro de extinción, al borde de su absoluta inutilidad y con el peligro de que quien pueda, haga lo necesario para lo que fuera.

Podríamos concluir finalmente que la mediterraneidad nos alejó de muchas cosas, desde el inicio. El aisla-miento nos volvió ensimismados, opacos y apáticos. Nos otorgó la cualidad (¿cualidad?) de añorar lo que no tuvimos.

De relativizar las cosas hasta el punto de que lo importante deje de tener alguna importancia. Para que finalmente, suceda exactamente todo lo que nos está sucediendo…

O lo que está empezando a suceder.

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