Indudablemente la vida hubiera sido mucho mejor, más fácil, sin la llegada de los cerdos conquistadores, que se quedaron con nuestras riquezas, explotaron y casi exterminaron a los sufridos habitantes originarios de estas tierras. Y cuando por fin logramos independizarnos del yugo colonial, las grandes potencias se las ingeniaron para enredarnos en gigantescas e injustas deudas, reteniendo el control de los valiosos recursos naturales, manipulando gobiernos y hasta embarcándonos en sangrientas guerras fratricidas.
Si usted tomó en serio el párrafo anterior sentirá mucha desilusión por lo que sigue.
A principios del siglo XV el emperador Yongle, tercero de la dinastía Ming, mudaba la capital a Beijing, donde construiría la Ciudad Prohibida. Hacia 1410 se fundaba la Universidad de San Andrés en Escocia y, poco después, el Eton College en Windsor. En 1453 cae Constantinopla y definitivamente el Imperio Romano. Entre 1455 y 1485 los ingleses se enfrascaron en la cruenta Guerra de las Rosas, que derivó en la llegada de los Tudor y la independencia del poder papal.
El llamado Renacimiento Italiano comenzó a finales del siglo XIII y entre sus exponentes más destacados están Dante Alighieri y Petrarca, ambos fallecidos más de cien años antes del descubrimiento de América. También en esa época, antes de la llegada de Colón, Lorenzo de Medici financió las obras de Miguel Ángel, Da Vinci y Botticelli. Aparte estaban Rafael, Ticiano, Donatello y otros personajes que no tomaban tereré.
Se destacaron Erasmo, Lutero, Calvino. Fue la era de los grandes descubrimientos, en Italia ya conocían los lentes, el condón, el reloj mecánico. Gutenberg inventó la imprenta con tipografía movible alfabética (mucho antes en China ya existía otra de sistema distinto). Behaim creó el concepto del globo terráqueo. Nada bonito, pero aparecieron el arcabuz y el rifle en Europa. Los chinos ya habían creado el cañón y el cepillo de dientes.
Con los aventureros del Viejo Continente llegaron a América los burros, vacas, caballos, ovejas, gatos, chanchos, cabras y una infinidad de insectos, peces, especies vegetales. Claro, también muchas enfermedades. De aquí salieron productos sin los cuales la gastronomía autóctona de lugares lejanísimos no existirían, comenzando con el chile picante y los pimientos en general, además de las papas, el aguacate, el tomate, la vainilla y una inmensa variedad de productos que, si los europeos no se hubieran animado a probar y mejorar, hubieran seguido siendo consumidos de manera tradicional, o sea, repugnante para nuestros mestizos paladares.
No es cuestión de analizar quién llegó primero: los vikingos, los chinos, los extraterrestres. Es mirar la realidad. En este continente existieron civilizaciones avanzadas y todavía quedan vestigios de todo aquello. Con el encuentro de los mundos se enriqueció la humanidad. Pero de ahí a creer que por nuestra cuenta estábamos mejor es una inmensa ridiculez que implica el que de todas maneras, en algún momento, una cultura o fuerza superior hubiera llegado a conquistarnos. Por algo no fue Toro Sentado quien derrocó a un monarca inglés, ni Moctezuma dominó París, ni el imaginario cacique Lambaré llegó a Salamanca.