24 abr. 2026

Roa Bastos: Por la democracia y con la juventud

En estos días se realizan varios actos en torno a la destacada figura de Augusto Roa Bastos, con motivo de un aniversario más de su nacimiento. Hecho ocurrido un 13 de junio de 1917, año en que el mundo salía de los horrores de la Primera Guerra Mundial, que asoló a Europa. Y el Paraguay, de sus tantos golpes cuarteleros.

Aunque nacido en Asunción, más precisamente en una casona que ya no existe en la esquina de Mariscal López y San Martín, desde muy pequeño fue llevado por su madre, Lucía, a vivir en Iturbe, donde su padre trabajaba en el único ingenio azucarero del pueblo. Debido a esos años de infancia, confundido con ese paisaje entre selvático y pastoril, donde el atractivo mayor lo constituía la cercanía de las arenosas playas del Tebicuarymí, nuestro escritor se consideró siempre un hombre del interior. Allí bebió, junto con los clásicos como Shakespeare y la Biblia, la enorme fuente de sabiduría popular que denominamos “arandu ka’aty”. Y con ella, como cáñamo conductor, la lengua y la cultura guaraníes. Sería una experiencia que lo marcaría para siempre y que se reflejaría profundamente en su literatura, pero también en su pensamiento, en su labor como intelectual, impregnando las líneas principales de su reflexión y, con el tiempo, de sus posicio- nes políticas. A partir de ese ori- gen campesino estableció su visión de país y del mundo, condición que trató de no olvidar a lo largo de su vida, en los mo- mentos difíciles del exilio, pero sobre todo en aquellos que le re- portaron galardones y dinero.

Que para muchos escritores y músicos, tanto de nuestro país como del exterior, han significado un cambio de vida y también un cambio de ideales y de amistades. Dejando atrás el origen precario y a su gente.

Como se evocó en el coloquio realizado el pasado jueves 10, en Fausto Cultural, hay líneas de su pensamiento que marcan su preocupación en primer lugar con los humildes. Como le escribía desde Buenos Aires a su hija Mirta, cuando ella tenía 10 años y estaba en Asunción, recordándole que estableciera contacto con la gente sencilla, de pueblo, como la fuente nutricia de una identidad fuerte. Ideas que en el exilio de Buenos Aires, primero, y de Francia y España, después, seguiría inculcándoles a todos los hijos.

Una segunda línea de preocupación y compromiso fueron los derechos humanos, sobre todo en el campo de la supresión de las libertades políticas. Como lo evocara acertadamente el colega Alcibiades González Delvalle al comentar el impacto que tendría la Carta abierta al pueblo paraguayo, que desde Madrid emitiera Roa Bastos en febrero de 1986. Era un llamado a todas las fuerzas sociales y a los factores de poder a iniciar un diálogo para la transición democrática que veía en el horizonte, pronosticando la caída de lo que denominaba “el Tiranosaurio”.

Ese mensaje caló hondo en la ciudadanía, “aunque circulaba de modo clandestino, pues eran copias pasadas de mano en mano”, indicaría el citado colega. Pero marcaría una acción que a nivel internacional tendría también un gran impacto, develando al mundo esa dictadura opaca y silenciosa que se había instalado en Paraguay, bajo la férrea mano de un codicioso y sanguinario general.

Ese llamado estaba dirigido a dos instancias fundamentales de la sociedad: la Iglesia Católica y el Ejército. Como factores capaces de impulsar una transición pacífica, que evitara un baño de sangre a la caída del déspota.

Esa acción estaba en línea con las impulsadas por la jerarquía católica, que bajo el liderazgo de monseñor Ismael Rolón cuestionaba severamente al régimen por sus permanentes violaciones a los derechos humanos, la enorme cantidad de presos políticos y la corrupción desembozada que se había instalado en el aparato del Estado.

Hay allí, creo notar, un cruce, un contacto en la distancia entre estas dos grandes figuras: Roa Bastos e Ismael Rolón, en la lucha por un objetivo común: la libertad de nuestro pueblo. Que se vería impulsada por el Diálogo Nacional, impulsado por la Iglesia Católica en 1987, y la visita del papa Juan Pablo II, donde se dio un duro enfrentamiento entre la Iglesia y el régimen, ante el intento de este de suprimir el Encuentro con los Constructores de la Sociedad.

Y la tercera línea, resaltada por el colega Blas Brítez, fue su contacto permanente con las nuevas generaciones, luego de su vuelta definitiva al país, a mediados de los 90. “El Roa Bastos que nosotros conocimos fue ya el del advenimiento de la democracia”, acotó Brítez. Asimismo, resaltó el privilegio que supuso tenerlo cerca por casi diez años, además de elogiar su maestrazgo literario, ejercido directamente en talleres impartidos, sobre todo con niños y jóvenes del interior.

Siempre reivindicó sus influencias campesinas, así como defendió la democracia y confió en los jóvenes.

Aniversarios

AntonioV. Pecci

Periodista

apecci@uhora.com.py