Opinión

Reflexiones sobre la catástrofe educativa y sanitaria

Miguel H. López – @miguelhache

Dos áreas socialmente muy sensibles y que constituyen parte de las necesidades básicas que deben ser garantizadas por el Estado, porque forman parte de los DDHH elementales, son la salud y la educación. En ese orden. La situación en que se encuentren estos dos temas en un país pone en evidencia clara la condición real de los gobiernos y de sus instituciones con respecto a sus habitantes. Si tomamos estas referencias, en Paraguay tenemos un escenario altamente deteriorado con un empeoramiento que se desplaza a una velocidad acelerada.

Alimentación, vivienda y ocio son otras áreas que deben tener garantizadas las poblaciones en los países. Sobre estos puntos también podemos dibujar un mapa de situación y tendremos un preocupante y deplorable resultado, que incluye la tenencia de tierra y los territorios en el caso de campesinos e indígenas.

Volviendo a los dos primeros temas –salud y educación–, en los últimos años y más aún en los últimos meses y días, el cuadro se complejizó.

En educación, el horno va subiendo de temperatura desde hace varios años. El pico comenzó a ascender aún más desde que los secundarios obligaron a renunciar a la ministra Martha Lafuente, denunciada por una serie de malos manejos en la administración educativa y sus componentes financieros. Fue transcurriendo el tiempo y nada mejoró. Ni lo pedagógico ni lo material para lo pedagógico fueron resueltos. A medida que pasa el tiempo más nos hundimos.

En estos días previos al inicio de las clases en los colegios públicos (mañana comenzarán en todo el país), lo terrible en torno al tema va de rojo a morado. Desde el Ministerio de Educación y Ciencias, lógicamente no existe el más mínimo esfuerzo para proyectar algún plan de mejoría. El ministro Eduardo Petta es el que menos favor le hace al sistema educativo. No solo por manejarse desde esa secretaría de Estado con criterios meramente político-religiosos, sino además por mantener un mediocre perfil de secretario de Estado.

El escándalo de los libros escolares poblados de errores, que concitó la molestia de la principal financista, la Unión Europea, fue solo la prueba visible del manejo desprolijo, poco profesional y desinteresado que el actual Gobierno capitaneado por Mario Abdo Benítez, hijo del ex secretario del dictador Stroessner (siempre hay que apuntalar la memoria), mantiene sobre un área fundamental para el mejoramiento o el fracaso de la sociedad (aparte de la inversión social).

El problema del dengue es la otra cara del actual Gobierno y su inexistente política de salud pública. A través de su ministro, Julio Mazzoleni, poco es el favor que le hace a la población. En lo que posiblemente sea la peor epidemia de los últimos tiempos de la enfermedad, la improvisación y el desprecio hacia la condición sanitaria de la población es reprochable. No hay capacidad, ni médica, ni de infraestructura, ni farmacológica, porque sencillamente no hubo un plan preventivo.

Que a la fecha la enfermedad se haya llevado decenas de vidas (hermanos, hijos, amigos, destacados personajes nacionales) y en muchos casos empiece a doblar el cuadro a los mismos afectados en un mismo mes (registros tomados en el Hospital de Clínicas), ponen sobre la mesa la catadura de autoridades que tenemos. La desidia en salud pública es siempre criminal. La actual es una de las más dolorosas muestras.

Las autoridades que tenemos deben cumplir su compromiso gubernamental. En esta tarea por mejorar las condiciones de vida de la población, todos tienen no solo responsabilidad, sino –ahora– culpa por no haber hecho lo debido o definitivamente no haberlo hecho.

Tres nombres son los que aparecen como responsables visibles: Abdo Benítez, Petta y Mazzoleni. El primero por no ocuparse y seguir sosteniendo políticamente a los otros dos. Los otros dos, por inoperantes y no estar en condiciones ni a la altura de la realidad que nos acucia.

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