Cada vecino era todo un personaje. Doña Florinda era una madre soltera. Don Ramón viudo. Cada uno de ellos con un hijo e hija respectivamente, eran lo más cercano a una familia. El resto, seres que vivían solos en sus respectivos departamentos. Incluso había un niño pobre que lo hacía en un barril. Lo que los convertía en graciosos (y humanos) era la vecindad, esa particular y espontánea forma de ser que está condicionada por la geopolítica, es decir, aquella dependencia vital hacia el lugar que nos toca vivir en este mundo. En ese pequeño espacio común, superando sus miserias particulares, ellos eran una gran familia.
En estos 13 años de vivir en el centro de Asunción ya se me había olvidado lo que era tener vecinos. La partida de Chespirito me recordó gratamente aquella niñez donde vivía doblemente la vecindad, la del Chavo por televisión y la de mi propio barrio. No teníamos gordos que venían a cobrarnos la renta (los terrenos eran fiscales), mucho menos carteros de Tangamandapio, pero sí más de una bruja que no devolvían la pelota cuando iba a sus patios. Sin embargo, era bueno tener vecinos. Es gente que no es tu pariente, pero está ahí para darte una mano. El principio fundamental era “hoy por ti, mañana por mí”.
El centro tiene sus encantos, eso hay que admitirlo, y a mí me gustan. Pero a veces me pregunto quiénes son las personas que viven a nuestro alrededor. Si Asunción ha dejado de ser esa particular ciudad que las guaranias cantaban, para pretender ser una urbe moderna, no lo podría decir a ciencia cierta. Pero hay una cosa que ya ostenta (no sé si con orgullo): la soledad entre la muchedumbre. Todavía me siento nuevo acá, y sospecho que no fue siempre así. A veces leo las cosas que escribe mi amigo artista Toni Roberto, o las cosas que dice en su programa televisivo, y me doy cuenta de que la vecindad era cotidiana por estas cuadras. Hoy ya no.
En todas las épocas la nostalgia por aquello vivido en la niñez surge en los que empiezan el declive en la segunda medianía de la vida. Permítaseme sentir nostalgia por la vecindad. No sé si alguna vez vendrá la Bruja del 74 a golpear la puerta para pedirme una tacita de azúcar; pero si lo hace, será bienvenida por pionera. Permítaseme añorar las barras de niños, aquellos amigos con quienes la vagancia era una mezcla de aventura, patoterismo ingenuo y tekoreicismo al cuadrado. Qué feliz me pondría si mis hijos me dijesen que se van a jugar afuera con sus amigos del barrio. Aunque más no sea con un pelotajára como Kiko, una manipuladora como la Chilindrina o una mimada como la Popis. Pero el asfalto, el cemento y los anónimos locos al volante son lo único que le esperan afuera. Se nos fue El Chavo, pero al menos nos deja varios capítulos de todo un ejemplo de vecindad que solo unos pocos afortunados lo viven y disfrutan en estos días. Que lo aprovechen. Solo se añora aquello que se pierde.