02 may. 2026

Paraguay, un incipiente populismo tardío

Por Alberto Acosta Garbarino Presidente de Dende

En los últimos 12 años el mundo le ofreció a América del Sur unas condiciones económicas extraordinariamente favorables.

La reducción a casi cero por ciento de las tasas de interés en Estados Unidos hizo que miles de millones de dólares vinieran a la región en busca de rentabilidad.

Por otro lado, el vertiginoso crecimiento económico de un país gigantesco como China disparó el precio de nuestras materias primas a las nubes.

Estas dos situaciones muy favorables hicieron que tengamos abundante dinero y que el ingreso de nuestras exportaciones se multiplicara. Fue la fiesta del “dinero barato y de los precios altos”.

Esta bonanza en un continente pobre y desigual generó grandes tensiones sociales, que lo convirtieron en presa fácil de líderes populistas que –por medio de elecciones– uno tras otro fueron llegando al poder.

El populismo es un concepto ambiguo que tiene muchas interpretaciones, pero su origen etimológico viene del latín populus, que significa pueblo, y del sufijo ismo, que denota exceso.

Hablando mal y pronto, populismo es el exceso en promesas inviables o en beneficios insostenibles, con los cuales algunos gobernantes encandilan a sus pueblos.

Para llevar adelante una política populista es necesario tener recursos para repartir. Por eso el ex presidente uruguayo Julio María Sanguinetti decía: “El populismo es el hijo no deseado de la abundancia”.

Populista fue Hugo Chávez repartiendo en toda América Latina la bonanza de los precios del petróleo, que pasaron de menos de 30 dólares a cerca de 140 dólares el barril.

Populistas han sido los Kirchner repartiendo en la Argentina la bonanza de los precios de la soja, que pasaron de 180 dólares a cerca de 600 dólares la tonelada.

Ahora estos dos países se encuentran en la bancarrota, con inflaciones del 70 y 40 por ciento, respectivamente, con sus economías en recesión, aislados del mercado financiero internacional y sin poder recortar los beneficios concedidos.

Para empeorar la situación de estos países, la “fiesta” se está terminando, porque Estados Unidos va a elevar sus tasas de interés y atraerá de nuevo los capitales; mientras que China se encuentra con un crecimiento más lento, que está afectando los precios de nuestras materias primas.

En el Paraguay, felizmente, el virus del populismo no entró, porque si bien el Estado incrementó en forma desmesurada los gastos en salarios de los empleados públicos, eso no ha sido populismo, sino... simplemente clientelismo y mucha corrupción.

Con el gobierno de Lugo hubo varios intentos populistas, pero el bloqueo del Congreso –donde los partidos tradicionales tenían amplia mayoría– lo impidió.

Pero ahora, con una relativamente importante bancada de la izquierda en el Senado, con varios congresistas del Partido Liberal que quieren reeditar la alianza del 2008 con ellos y muchos congresistas de la derecha del Partido Colorado defensores del clientelismo y la corrupción, se está gestando un peligroso populismo. No desde el Poder Ejecutivo –como fue en toda América Latina–, sino desde el Poder Legislativo.

Los aumentos en los gastos del presupuesto del 2015 han destruido la vital Ley de Responsabilidad Fiscal; el subsidio a los cañicultores de la Azucarera Iturbe ha generado un nefasto precedente para nuevas demandas; y los proyectos de ley que quieren limitar las tasas de interés a las tarjetas o borrar los datos de Informconf ocasionaran la reducción del crédito y una mayor exclusión financiera.

Lo peor de este incipiente populismo en el Paraguay es que no solamente queremos copiar modelos fracasados, como los de Venezuela y Argentina, sino que encima queremos hacerlo tardíamente, cuando la fiesta de la abundancia está terminando.

El mundo ha cambiado y parece que muchos paraguayos no se están dando cuenta.