Son organizaciones que no respetan y hasta pareciera que desprecian la vida humana en el seno materno, y que, movidas por mezquinos intereses políticos e ideológicos, buscan instalar la práctica del aborto a como dé lugar en los países del mundo. Para ello, no dudan en utilizar todos los recursos y situaciones, como el lamentable caso mediatizado de la niña de 10 años embarazada presuntamente por abusos perpetrados por su padrastro.
Para entidades como la ONU y Amnistía Internacional (AI), entre otras que aprovechan esta triste situación para presionar por la legalización de esta tenebrosa práctica, no valen los argumentos científicos, legales y éticos que evidencian que ese acto implica nada menos que el asesinato de un ser humano; pequeño y en formación, pero con toda la dignidad y los derechos de los que gozamos aquellos que sí tuvimos la posibilidad de nacer.
Pero no hay vueltas que dar al asunto: matar a un semejante –de forma legal o ilegal, más temprano o más tarde– nunca será una solución válida ni razonable para quien quiera llegar al fondo del problema, mirando el rostro de las víctimas, sus necesidades, angustias, deseos y miedos. ¿Quién mira a esta niña y a su hijo/a como personas? Además, es propio de la ideología nazi y de déspotas pretender decidir quién debe vivir y quién no.
¿Cómo es posible que las Naciones Unidas se atrevan a denunciar a nuestro país por proteger la vida de un niño o niña por nacer? Si las autoridades competentes y grupos médicos, en base a monitoreos diarios, aclaran que no corresponde eliminar a la criatura del vientre materno para garantizar la vida de la niña-madre, ¿quiénes son los expertos de estas organizaciones para asegurar que el aborto es la mejor solución para ella? Matando a su bebé, al que ya siente, ¿se soluciona el problema de la niña o se le agrava?
Se trata de una respuesta simplista y superficial a una situación compleja y profunda; una “solución” que evade el trabajo que requiere la educación de los padres y jóvenes, la lucha contra la pobreza, la pornografía y el abuso sexual en el entorno familiar, entre otros dramas que concentran estos casos. Y hay que ser claros, no se trata de una cuestión religiosa. Aquí, la cuestión es simplemente de humanidad, uso adecuado de la razón, y también coraje de aceptar que ninguna vida, por más que “moleste”, puede ser eliminada y destruida porque el Estado lo autoriza o una ONG lo solicita. Es la base de los derechos humanos.
Desde el momento de la unión de las células o gametos, el embrión posee características estructurales y funcionales distintas a las de la madre. A los 18 días, ya cuenta con un corazón que late, y a los 20, con un sistema nervioso en crecimiento. Es un hecho biológico, no un invento de alguna creencia religiosa o corriente filosófica.
Solo hace falta tener la suficiente honestidad para reconocerlo y aceptarlo. Un gran desafío para estas organizaciones que fueron creadas con fines loables, y que hoy traicionan sus ideales promoviendo una práctica brutal y discriminatoria, como la muerte intencionada de un individuo de la especie humana.