Opinión

Nueve presidentes y ninguna flor

Andrés Colmán Gutiérrez – @andrescolman

“Queremos ya un presidente joven, que ame la vida, que enfrente la muerte...”, reclama el cantautor argentino León Gieco en una bella y terrible canción, convertida en himno generacional. “Dicen que la juventud no tiene / para gobernar / experiencia suficiente / menos mal, que nunca la tenga / la experiencia de robar / menos mal, que nunca la tenga / la experiencia de mentir...”.

Yo soy del 61. Nací bajo la larga dictadura de Alfredo Stroessner, un corrupto sanguinario general que acabó siendo desalojado del poder (1954-1989), por otro corrupto general de su entorno político y familiar, ex socio de negociados. Stroessner murió en el exilio, sin rendir cuentas por graves crímenes contra la humanidad.

Su sucesor, el general Andrés Rodríguez, quien nos trajo la democracia (1989-1993), estuvo vinculado al tráfico de drogas. En diciembre de 1996, una comisión del Congreso pidió su desafuero como senador vitalicio para ser procesado por narcotráfico y enriquecimiento ilícito. A pesar de las evidencias, la mayoría de los legisladores decidieron protegerlo. Rodríguez murió en 1997 sin rendir cuentas por los crímenes de los que se le acusó.

Su sucesor, Juan Carlos Wasmosy (1993-1998), fue condenado a cuatro años de cárcel en el 2002, tras ser hallado culpable de transferir millones de guaraníes de fondos del IPS a bancos en quiebra durante la crisis financiera de 1995. Un juez dispuso que Wasmosy vaya a la cárcel, pero otro juez dijo que no hacía falta, que mejor cumpla la prisión en su casa. En el 2007, la Corte Suprema lo absolvió de culpa y pena.

Su sucesor, Raúl Cubas Grau (1998 a 1999), se enfrentó a la Justicia desde el primer día de mandato, tras decidir la liberación inconstitucional de su mentor y socio, el general Lino Oviedo. Tras los sangrientos sucesos del Marzo Paraguayo en 1999, renunció a la presidencia, fue al exilio al Brasil, regresó en el 2002, se entregó a la Justicia, estuvo preso en una cárcel militar por breve tiempo y, finalmente, fue absuelto.

Su sucesor, Luis Ángel González Macchi (1999-2003), fue acusado de varios delitos. En el 2006 fue condenado a seis años y luego a ocho de prisión, tras ser hallado culpable de enriquecimiento ilegítimo y declaración falsa. Se le acusó del desvío de 16 millones de dólares a una cuenta de los Estados Unidos y de tener una cuenta secreta en Suiza. Estuvo preso poco tiempo en la Guardia de Seguridad. Un Tribunal de Apelación y luego la Corte Suprema lo absolvieron y lo dejaron en libertad.

Su sucesor, Nicanor Duarte Frutos (2003-2008), tuvo denuncias mediáticas de sus adversarios políticos sobre supuesto enriquecimiento ilícito, pero no se plasmaron en denuncias judiciales.

Su sucesor, Fernando Lugo (2008 a 2012), tampoco enfrentó denuncias penales, pero fue destituido por un juicio político parlamentario exprés. Su sucesor, Federico Franco (2012-2013), tuvo denuncias mediáticas de corrupción (y las condenas de algunos de sus colaboradores por millonarios desvíos de fondos).

Su sucesor, Horacio Cartes (2013-2018), ya tenía denuncias en Brasil de estar involucrado en el contrabando de cigarrillos y un cable de WikiLeaks reveló que agencias de Estados Unidos lo investigaban por lavado de dinero. Eso no impidió que sea candidato del Partido Colorado y electo presidente por la mayoría de los votos. Ahora es el primer ex mandatario que tiene orden de prisión de la Justicia brasileña por supuestamente financiar a una organización criminal.

Su sucesor, Mario Abdo Benítez, aún no tiene acusaciones probadas de hechos graves de corrupción, pero enfrentó una grave crisis que casi tumbó su gobierno por permitir la firma de un acta secreta con Brasil, desfavorable para el país. Le faltan aún más de tres años de gestión.

Alguien sugirió reemplazar los boletines de voto por fichas de prontuarios policiales, pero no renunciamos –como en la canción de Gieco– a elegir a quien no tenga la experiencia de mentir ni de robar.

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