La dictadura argentina –o debería decir las dictaduras que asolaron estas latitudes del mundo a sangre y muerte– recibió este martes un nuevo golpe con el retorno al seno familiar, después de 37 años, de uno de los niños robados –secuestrados– durante el mal llamado “proceso”. El bebé Nº 114 es el nieto de una de las líderes de Abuelas de Plaza de Mayo, Stella de Carlotto.
Nos toca de cerca porque son historias comunes, señaladas, repetidas en nuestros países, en nuestras sociedades, que fueron tan cómplices en muchos niveles con los crímenes de lesa humanidad. Crímenes que fisuran nuestro presente con tormentosas memorias llenas de heridas, de desaparecidos sin duelo posible, de impunidad indignante y de juicios pendientes que buscan descabezar los monstruos que engendraron la barbarie y la corrupción; que mataron vidas y esperanzas poblando de tumbas el espíritu de nuestros pueblos.
En esta materia todas las cuentas están pendientes. Castigo, reparación, restitución, no repetición, son consignas de hierro que necesitan solidificarse en hechos. Caso contrario, ninguna democracia será tal y menos en situaciones en donde las víctimas y familiares deben convivir con los verdugos de la dictadura.
Por Paraguay también hubo niños robados, secuestrados, vendidos, canjeados y asesinados. Aunque cierta literatura de “la memoria” no aluda este aspecto, está el caso de las niñas esclavas sexuales que Stroessner aprisionaba y eran ultrajadas por el dictador y sus generales.
Tampoco son desconocidas las misteriosas desapariciones de adolescentes en distintos lugares del país o en los cuarteles, bajo el stronismo. Ni el desgarrador capítulo de los niños aché secuestrados de sus aldeas –previo asesinato de sus padres– y vendidos por agentes de la dictadura como servidumbre en los mercados de esclavos o como cobayos para estudios científicos de ciertos médicos y antropólogos. ¿Dónde están? Algunos de ellos fueron encontrados o regresaron escapando. Otros perecieron o subsisten bajo identidades sustitutas sin saber en verdad quiénes son.
Estas historias son más comunes de las que nos imaginamos entre los países cuyos gobiernos idearon y compartieron el ADN de la criminalidad organizada y la sanguinaria articulación del Operativo Cóndor de intercambio clandestino de prisioneros políticos en los 70.
Lo de Guido Carlotto es, a estas alturas, una revancha de la memoria. Un llamado a buscar a “nuestros bebés robados”. Y una recordación de que los cultores del pensamiento dictatorial, en nuestro caso del stronismo recalentado que vuelve a pulular en el Estado, los centros de estudio y las calles, son la verdadera amenaza contra la vida, la libertad y la democracia.