Opinión

Nuestro momento finlandés

 La BBC publicaba en estos días un artículo sobre el fenómeno finlandés, un país de 5,5 millones de habitantes y 333.000 kilómetros cuadrados de superficie, pobre hasta 1970, pero que detenta desde hace tres lustros los mejores resultados académicos del planeta y lidera todos los ránkings de desarrollo humano. Es un país rico, con los niveles más bajos de desigualdad social, altamente educado y mayoritariamente feliz. Su secreto hoy lo sabe todo el mundo: educación pública de calidad.

Luis BareiroPor Luis Bareiro

Ahora que el Gobierno lanzó oficialmente su plan de transformación de la educación pública, con una convocatoria al diálogo para definir un modelo, conviene recordar algunos aspectos del fenómeno finlandés.

Hay, cuanto menos, tres claves para entender el éxito de Finlandia. El más importante quizás es la decisión política que tomó el Congreso de Finlandia –a inicios de los 70– de apostarlo todo a la educación pública como medio para reducir la brecha entre ricos y pobres y lograr así una estabilidad social que les permita crecer.

El resultado final es que ya no hay escuelas privadas de élite en Finlandia. El hijo del empresario y el del empleado asisten a la misma escuela pública donde todo es gratis y de calidad. No hay matrículas, ni cooperadora escolar, ni uniformes. Libros, útiles, almuerzo, todo es gratis e igual para todos. El servicio incluye atención médica, odontológica y sicológica. Cada niño finlandés es tratado con mimo como lo que es: el mejor recurso de Finlandia.

La segunda clave es el maestro. En Finlandia, solo el 10% de los que se presentan a los durísimos exámenes de ingreso consiguen ingresar a las universidades públicas donde se forman los docentes. Para enseñar se requiere grado de maestría. Por supuesto, los salarios son buenos, pero lo que hace atractiva la carrera es el prestigio social que supone ser maestro. Solo los mejores pueden estar en aula.

En Paraguay, cerca de 25.000 docentes se jubilarán en los próximos cinco años, más de un tercio de todos los maestros. Quienes vayan a sustituirlos deberían empezar a formarse ahora. La cuestión es cómo atraer a los mejores y asegurarnos de que se formen en la mejor institución académica para docentes cuando no tenemos una. Obviamente, con la nueva exigencia académica será necesaria una oferta de remuneración totalmente distinta.

Y acá viene la tercera clave, acaso la más compleja. La educación finlandesa es solo una parte de una amplia red de cobertura social que incluye, entre otros, la atención a la salud pública como prioridad presupuestaria absoluta.

Por supuesto, para mantener esto hay que pagar impuestos y gastar bien la plata. Nuestra presión tributaria no llega al 10%, en Finlandia los tributos se comen el 51% de la renta personal.

Nosotros no tenemos un modelo. Lo que lanzó el Gobierno es apenas un llamado al diálogo para discutir cuál debería ser el nuestro. Hay que tomar el desafío. Nada es más importante en este momento. De lo que hagamos en los próximos cinco años depende que tengamos alguna oportunidad de abandonar el subdesarrollo o nos quedemos definitivamente en la periferia olvidada del mundo.

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