Eso hace daño y no contribuye a aumentar la alegría de luchar.
Pero, me he detenido, ante esta situación. Y he reflexionado y orado mucho sobre la actitud del cristiano que quiere ser seguidor de un Jesús al que, cuando lo crucificaban, exclamaba “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.
Cuento esto porque es casi el pan nuestro de cada día en una sociedad muy difícil en la que con facilidad no soportamos el disenso, y porque piensas distinto te considera tu enemigo y comienza a actuar como tal.
Enemigo es una palabra muy dura. Se aplica al que ha actuado con violencia con mi hermano. Al que mata su fama con la maledicencia. Es el delincuente político que deja sin puesto de trabajo a un inocente porque no es de su partido. Y es, como decía, el amigo de siempre que por no aceptar democráticamente que no pensamos como él, te insulta, margina y recurre a la violencia.
En algunos, inclusive, se va haciendo normal este uso del insulto violento como única respuesta válida y eficaz.
Jesús nos habló claro sobre este tema. El verdadero enemigo al que tenemos que dirigir nuestra agresividad es nuestro “yo” egoísta, capaz de destruir al que se nos opone porque no coincide con mi ideología o pensamiento. Esto es la conversión.
También, y es otro tema, siento miedo por quienes ven como único medio para resolver las numerosas injusticias que padecemos el acudir al uso rápido de la violencia. Primero, porque no saben luchar de otra manera humana. Segundo, porque la emplean con los subordinados que agreden y no con los que les dan las órdenes. Tercero, porque crean una espiral de violencia en la que saldrán perdiendo.