Allí hablamos una hora con Rubén Villalba, mientras llegaba la comida que el senador le había encargado. Después de 58 días sin comer, hoy desde la mañana solamente había tomado líquido. En el traslado a su valle, no cumplieron con las indicaciones alimentarias de la nutricionista. La sopa de pescado que le dio el senador Wagner le supo a gloria.
Esta es una página histórica que, ojalá, pronto esté resuelta.
Por la mañana tuvimos la gran alegría de que los cinco presos, que cesaron los 58 días de huelga de hambre, hayan conseguido el arresto domiciliario en sus casas. Iban felices con sus familiares, aunque con la debilidad orgánica de tantos días sin comer.
Por la tarde, recibimos la triste noticia. A uno de ellos, Rubén Villalba, lo devolvían al penal de Tacumbú acusado de otro juicio que había estado seis años dormido y olvidado por los jueces y que no había tenido ni audiencia preliminar.
Desapareció la alegría que teníamos, después de tantos meses de lucha por estos campesinos de Curuguaty.
Al anochecer, a las 18.00 horas, nos reunimos 400 personas delante de la Catedral para improvisar una marcha de protesta por la ciudad.
El lema era, repetido mil veces: “No estamos todos, falta Rubén”.
Recorrimos Asunción y terminamos en el Panteón de los Héroes. Allí, con micrófono abierto, todo el que quiso expresó su indignación.
Lo sucedido era un golpe de nuestras autoridades del Poder Judicial. Nos quisieron romper la alegría, porque un pueblo con ella tiene fuerzas para luchar por la justicia. No lo han conseguido, pero nos golpearon fuerte.
Eso será leído el Jueves Santo. Es la lectura viva este año del sufrimiento de Jesús en sus hermanos.