12 abr. 2026

Nicolás Maduro, “un presidente obrero” que gobierna con mano de hierro en Venezuela

El presidente Nicolás Maduro celebra frente a una multitud en el palacio de gobierno de Venezuela: viste chaqueta militar y sombrero campesino y empuña la espada de un héroe de la guerra civil del siglo XIX.

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Nicolás Maduro juró como presidente de Venezuela en su tercer mandato.

Foto: AFP.

"¡La victoria nos pertenecerá por siempre, la victoria es nuestra!”, grita Maduro, ungido por Hugo Chávez como sucesor, que extiende su poder en medio de cuestionamientos a su reelección y acusaciones de violaciones de derechos humanos mientras intenta mostrar una imagen de hombre común, “un presidente obrero”.

Se juramentó este viernes ante el Parlamento, controlado por el chavismo, para su tercer mandato (2025-2031), que le proyecta a 18 años en el poder, más que Chávez, que estuvo 14 en el palacio presidencial (1999-2013), y solo superado por el dictador Juan Vicente Gómez, que gobernó por 27 (1908-1935).

“Juro” que “este nuevo período presidencial será el período de la paz”, prometió en la toma de posesión.

Alto, con espeso bigote, este exchofer de bus y dirigente sindical de 62 años explota los estereotipos de “hombre de pueblo” para su beneficio político.

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Evoca un pasado de vida sencilla en largas veladas televisadas junto a Cilia Flores, su esposa y “primera combatiente”, dirigente muy poderosa tras bastidores.

Pero la vida de Maduro va mucho más allá del volante del bus que condujo en su juventud. Formado en Cuba, fue parlamentario, canciller y vicepresidente de Chávez. Sus rivales, erróneamente, le subestimaron desde todos los flancos.

Supo eliminar resistencias en el gobernante Partido Socialista de Venezuela (PSUV) y ha mantenido a raya, con apoyo militar, a la oposición.

Sucesor de Chávez

Tildado de “dictador” por sus detractores, Maduro fue designado por Chávez como su heredero el 9 de diciembre de 2012, antes de que el entonces presidente viajara a Cuba para tratar un cáncer por el que murió tres meses después. Su “opinión firme, plena como la luna llena”, era que su entonces vicepresidente le sucediera.

Durante su gobierno, masivas manifestaciones fueron duramente reprimidas en 2014, 2017 y 2019 por militares y policías, con centenares de muertos.

La Corte Penal Internacional abrió una investigación por crímenes de lesa humanidad.

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Maduro maniobró también entre una batería de sanciones internacionales tras su reelección en 2018, boicoteada por la oposición y desconocida por medio centenar de países.

Se mantuvo en el cargo a pesar de una crisis económica sin precedentes en esta nación de casi 30 millones de habitantes, con un PIB que se redujo en 80% en una década y cuatro años seguidos de hiperinflación.

Un fallido gobierno paralelo de la oposición, escándalos de corrupción, denuncias de atentados... y Maduro sigue en la silla presidencial, “indestructible”, como reza el eslogan del dibujo animado de propaganda “Súper Bigote”, que lo muestra en la TV estatal como un superhéroe que combate monstruos y villanos enviados por Estados Unidos y la oposición venezolana.

Ostenta el poder con respaldo de los militares y los cuerpos de seguridad, entre denuncias de detenciones arbitrarias, juicios amañados, tortura y censura.

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Un día antes de su juramento, opositores salieron a las calles a manifestarse.

Foto: AFP.

“Realpolitik”

Maduro no tiene el carisma de Chávez, aunque lo emula con discursos de horas en los que mezcla asuntos políticos duros, beligerantes, con chistes y anécdotas personales.

No obstante, más allá de lo retórico, ha sabido hacer “realpolitik": recortó el gasto público, eliminó aranceles para impulsar importaciones que acabaran con el desabastecimiento y permitió el uso informal del dólar, que hoy reina en un país donde tiendas y restaurantes de lujo reaparecieron, aunque solo para el disfrute de unos pocos.

Y ha sabido negociar con Washington, pese a su intransigente discurso “antiyanqui”.

Reanudó parcialmente el comercio de petróleo con licencias a empresas como Chevron y consiguió la excarcelación de dos sobrinos de Flores condenados por narcotráfico en Estados Unidos y del empresario Alex Saab, acusado de ser su testaferro y enjuiciado en Florida por lavado de dinero.

Lejos del ateísmo que por definición acompaña al marxismo, Maduro se define como “marxista”, “cristiano” y “bolivariano” y tiene una estrecha relación con los evangélicos. "¡Cristo está con nosotros!”, repite.

Fuente: AFP.

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