Corazón de musgo y piedra
aletargado hace siglos,
hoy vuelves a palpitar
ofreciendo tu acertijo.
Desde tu oculta atalaya
al borde del precipicio,
viste nacer y morir,
del mundo cumpliendo el rito.
Manos pidiendo clemencia,
y ante los dioses, ser dignos,
grabaron tu áspero dorso
con indescifrables signos.
Sueños igual que los nuestros,
los ojos del mismo brillo,
y el correr de las centurias
con su dorado polvillo
nos propone en la distancia,
al filo del infinito,
la vaciedad de la nada
o el albor de un Paraíso.
A veces quiero,
desde un ágil peñón,
bajo el hollín del firmamento
perforado de luces,
hundir el dedo
en el hueco de una estrella.
A veces quiero,
sola en medio del rumor del tiempo,
como una perla,
entablar un diálogo conmigo misma,
o rezar
una oración cualquiera.
La luz sigue, terca,
alargando el tiempo
quemado de soles.
Cada día nuevo,
un gris encendido
relumbra en el viento
que lame el agobio
de pastos entecos.
Perdida entre piedras
sobre el campo yermo,
el látigo asoma
de tu arisco cuerpo.
Porte de milenios,
fino dardo inquieto
en vaina de escamas,
reluce en el suelo
con húmedo trazo
en el polvo seco.
Tu empuje de siglos
perdura, sereno.
Olvidados quedan
en bruma y helechos
los reyes de entonces:
vivir es tu premio.
Traemos hoy la palabra poética de esta escritora, quien ?aunque nacida en Córdoba, Argentina, en 1923? está radicada en Paraguay desde 1930. Los versos elegidos pertenecen a su poemario Puente a la luz, editado en 1994, con prólogo de Renée Ferrer, quien señala: “Empuñando el verbo con decisiva carga poética, nos propone una poesía de reflexión, emparentada por la forma con la poesía clásica española”.
Umbral de palabras