06 may. 2026

Más allá de las banderas

Por Gustavo A. Olmedo B. - golmedo@uhora.com.py

Ocurrió en una de estas frescas noches de otoño. Dos adolescentes empujan con esfuerzo el carrito de reciclaje desbordado de botellas y envases de plástico. Uno de ellos sube a la columna, estira sin pudor una bandera tricolor y un descolorido cartel del Bicentenario; tras sumarlos a su ya prominente carga se marchan en busca de otros materiales de un festejo que para ellos no tiene significado ni valor.

Para estos chicos la celebración de los 200 años de Independencia tiene un sabor distinto, imperceptible para el resto de los ciudadanos; forman parte de una generación marginada y postergada por la pobreza.

Para quienes tienen un presente marcado por escandalosas carencias y un futuro poco promisorio, el pasado histórico, poco o nada entra en su ámbito existencial; no se sienten afectados ni provocados por este.

Pero el Bicentenario tampoco significa nada para el campesino que carece de tierra o para aquel que no tiene cómo vender su producción o carece de un puesto de salud digno para él y su familia.

Y tampoco tendrá mucho valor para aquellos jóvenes que de esta celebración nacional solo recordarán un breve recorrido por sitios históricos de la ciudad y quizás alguna lista de hombres reconocidos como próceres.

Y es que el festejo del Bicentenario se ha reducido en gran medida a la colocación de banderas y adornos, así como a los actos conmemorativos.

Y está bien, también son importantes, pero quedarnos ahí sería perder la gran oportunidad de trabajar en profundidad aspectos como el valor de la libertad, la raíz de la identidad de nuestro pueblo, y con ello la posibilidad de descubrir la belleza de lo que somos, construir nuestra autoestima.

Incluso, será posible conocer a otros héroes y constructores de nuestra nación, muchos de ellos anónimos u olvidados por los libros de historia, como los primeros misioneros franciscanos y jesuitas, quienes contribuyeron en gran medida a la conservación de un factor clave de nuestra esencia como nación: el idioma guaraní.

Sin dudas, el mejor festejo hubiera sido llegar a estas fechas con un país más serio, organizado y honesto que el actual; con un plan de reforma agraria en pleno proceso de ejecución, con un Parlamento más comprometido con legislaciones que benefician a la mayoría de la población y no a ciertos grupos económicos o políticos corruptos, y nada más.

Un hecho se vuelve acontecimiento para la persona cuando esta encuentra el sentido que tiene para su propia vida; cuando puede reconocer la relación positiva que posee con su historia. Y esto solo resulta tras un proceso educativo integral, uno que tenga a la persona y su dignidad, con todos sus componentes, incluso el trascendente, como punto central.

Esperamos que este entusiasmo que genera la celebración de los 200 años no termine con los actos conmemorativos, y que en conjunto todos los actores sociales iniciemos un proceso de reconstrucción más verdadero; aquel que va más allá de los fuegos de artificio y las coloridas banderas.