Alguna vez conté la anécdota que me fue referida por un colega ruso sobre las reacciones de Dimitri Popov tras la caída del régimen soviético.
Era un burócrata de la cancillería rusa a quien encomendaron la presentación de la principal estación ferroviaria moscovita a un grupo de inversores estadounidenses interesados en su privatización.
Dimitri se tragó el orgullo y en un duro inglés iba explicando a los rechonchos capitalistas americanos las bondades del servicio de trenes ruso. Les contó que del lugar partía cada diez minutos un tren a Leningrado, cada cinco uno para Samara, cada cuatro otro para Rostov...
Y así siguió con un recitado aprendido de memoria por espacio de hora y media hasta que uno de los inversores le recordó que desde que llegaron a la estación no había salido del lugar siquiera una triste locomotora.
Dimitri lo miró rojo de ira y le respondió casi a los gritos: “Y ustedes, que discriminan a los negros”.
Si hubiera sucedido en Paraguay, al americano le hubieran señalado además la poca elegancia de sus formas, las barbaridades que perpetraron en Irak y el duro oficio de su madre.
Y es que Paraguay y Rusia tienen algo en común a lo largo de su historia: períodos democráticos demasiado cortos.
La consecuencia es que nunca desarrollamos del todo la gimnasia del debate.
A los paraguayos nos resulta harto difícil refutar las argumentaciones del otro sin apelar a la descalificación y al insulto.
Así, las ideas de izquierda de las organizaciones campesinas se combaten con generalizaciones bastante pobres como “son todos unos haraganes”.
Lo mismo pasa con las movilizaciones de productores e industriales etiquetadas muy superficialmente como “la resistencia de los sojeros a pagar impuestos”.
La vida no es una película de cowboys en la que para entender la trama basta con identificar a los buenos y a los malos.
Si nos detuviéramos a escuchar los argumentos esgrimidos por Héctor Cristaldo, en la fila de los productores mecanizados, y los de Luis Aguayo o Belarmino Balbuena, en la carpa de los sintierras, y analizáramos desapasionadamente las particulares circunstancias que tanto ellos como sus representados viven encontraríamos quizás que tanto uno como otros tienen sobradas razones para defender lo que defienden.
Denostar contra ellos insultándolos o ninguneándolos no resta fuerza a sus argumentos. Si queremos demostrar que están equivocados tenemos que hacerlo con ideas, con argumentos fundados en la razón y, de ser posible, en datos verificables y serios, no en generalizaciones vagas.
Me temo que aprendimos el mal ejemplo de la clase política que carente de ideas no encuentra otro mecanismo para derrotar al adversario en el debate que la difamación, la grosería y el insulto.
Un ejemplo notable se da precisamente con estas modestas columnas de opinión que no tienen otro fin que estimular el ejercicio del debate. Cuando estos artículos pasan al blog, los lectores tienen la oportunidad de discutir la opinión del columnista.
Algunos lo hacen de manera notable, demostrando un acabado conocimiento de la materia en discusión y una pluma envidiable. La mayoría insulta.
Tengo la impresión de que demasiados paraguayos fuimos convencidos de que quienes piensan diferente a nosotros son inevitablemente malas personas.
Así, si creo en la democracia capitalista me convierto para los amigos de la izquierda en un sucio agente de las multinacionales; si comparto las opiniones de la izquierda, la derecha no tendrá dudas de que me vendí al oro bolivariano. La vida tiene matices. Hagamos el esfuerzo de percibirlas.
Y de última, nos tiramos un zapato.