31 may. 2026

Los que desmienten que el paraguayo es haragán de alma

Por Mario Rubén Álvarez | alva@uhora.com.py<br/><br/>Es un lugar común muy frecuentado afirmar que el paraguayo no quiere trabajar. O que es haragán por naturaleza. Que lleva en la sangre el culto diario al ocio. Que naipohaî voi porque nomba′aposéi. Que por eso será siempre un pobre sin redención. <br/><br/>Los que buscan una “explicación” a lo que consideran un dogma que ni la Santa Madre Iglesia puede reconsiderar aseguran que el mestizaje entre indígenas y españoles fue nefasto: se cruzaron el que no trabajaba y el que venía detrás del oro de América, de la riqueza fácil, ajena al sudor y al sacrificio de construir una fortuna con tesón implacable.<br/><br/>En los escasos días que me cupo estar en España pude constatar la falacia de esas afirmaciones. Los paraguayos que anclaron – legal o ilegalmente– en ese país se mueren de las ganas de trabajar. “Romba′aposéguima voíngo roju ko′ápe” fue la respuesta de un guaireño apenas escuchó la conversación que se dirigía hacia una cultura con fama de tekorei, tomadora de terere y talladora.<br/><br/>Y es cierto. Las historias del desempleo, las ocupaciones fallidas, los desencantos y frustraciones que relatan los paraguayos que viven en Barcelona y Madrid son para filmar películas. Todos querían trabajar, vivir e intentar ser felices en su patria, como corresponde. Las decepciones y la certeza de que la insistencia siempre sería vana hicieron que Juan le pidiera a su padre vender su par de bueyes y su carreta con la promesa de que después le iba a comprar una camioneta haguepáva, que María hipotecara la casa de su madre y que Andrés le vendiera su alma a un usurero del barrio. <br/><br/>Algunos rebotaron. Y volvieron a probar suerte. Una entró en el tercer intento, luego de adeudarle no velas sino euros a cada querubín. No es que quieran contar demasiado los detalles de cómo sortearon los controles españoles. Vestirse como una reina de rizos rubios dio resultado en algunas ocasiones. En otras solo despertó sospechas y provocó un interrogatorio feroz con final de contradicciones y llanto. Por los relatos, ninguna “técnica” resultó infalible. Los españoles son indescifrables. He ahí una posible causa del porqué los paraguayos somos a veces tan difíciles de entender. <br/><br/> El empleo más común es cuidar ancianos y ancianas. Por lo que cuentan, hasta hace algún tiempo era la ocupación mayoritaria de las mujeres. Hoy, con la abrupta caída de la construcción por el desastre de las hipotecas norteamericanas y el crudo invierno, lo es también de algunos hombres. “El que no es presumido y no elige demasiado en qué va a trabajar, siempre tiene ocupación. A veces repytu′u tres, cuatro días, una semana... pero enseguida encontrás otro empleo”, coinciden los comentarios.<br/><br/>La vivienda es el gran drama. Hepy koko. Una piecita incómoda en Barcelona fácilmente puede llegar a costar 500 euros (unos 3 millones de guaraníes). Si es un departamentito, el doble. Por eso es que hay que vivir con otras personas. Las camas encimadas, tipo cuartel, son la solución. Como no se puede “crecer” horizontalmente por la falta material de espacio, la solución es la posición vertical. La modalidad de “cama caliente” – el que se levanta le deja tibiecitas las cobijas al que le toca en turno dormir– no son un chiste sino una cruda realidad. <br/><br/> En medio de los bajos salarios, el elevado costo de vida, la nieve, el techaga′u y demás yerbas los paraguayos conservan su humor positivo, toman ka′ay o terere, comen tortillas así como también mejillones y gambas, hablan en guarani, son solidarios a muerte hasta con compatriotas desconocidos y aman el Paraguay con amor de mil mediterráneos. <br/><br/>Aunque están con algún temor por la ola de desempleo que se ve venir el año próximo, no exteriorizan demasiado su incertidumbre. Porque les quemaba el deseo de trabajar emigraron. Y después de lo que pasaron, ya nada les resulta tan horroroso. Torean la vida como los grandes del ruedo español. <br/><br/> Y a pesar de la ingratitud de un país que no les permitió quedarse junto a sus hijos, esposas, padres y amigos, son más paraguayos que nunca. A mal tiempo, buena cara es el alma de la supervivencia contra viento y marea. Y siguen adelante. Son el Paraguay distante pero cercano, el del exilio económico. Y la esperanza de hierro.<br/><br/>