En shock quedó Laura Ramírez cuando se enteró que cuatro corazones compartían el ritmo de sus latidos. Después de dos fecundaciones in vitro y dos inseminaciones artificiales sin éxito, sabe que valió la pena el esfuerzo y la espera. En vísperas del Día de la Madre, la joven cuenta cómo es la vida de una mamá por cuatro.
El ecografista vio al principio solamente dos sacos en sus entrañas. Pero cinco minutos más tarde, descubrió que había más vida ahí en su vientre. La felicidad, el susto, la confusión, la emoción fue tanta que los médicos le recomendaron tomarlo con calma. ¿Calma?.
Laura lo intentó, después lloró y volvió a asustarse. “Así me sentí por un momento, pero después me di cuenta que era lo mejor que me podía pasar. De una ya hice mi familia, están acá los cuatro”.
Los cuatrillizos nacieron el 6 de enero de 2014 en el Sanatorio Migone. Ese día, la vida de Laura y de su marido Daniel Larrosa dio un giro, mejor, cuatro. El primero en nacer fue Gabriel Ignacio, nació con 1.710 kg, en segundo lugar llegó Jorge Tomás con 1.010 kg, el tercero fue Elías Daniel con 1.910 kg y la cuarta, con toda la gracia femenina, fue Ivana con 1.010 kg.
El bajo peso de los cuatro fue el primer dolor de cabeza de la mamá múltiple. Los bebés pasaron por terapia intensiva unos días para mejorar su desarrollo y crecimiento. Cada hijo que Laura dio a luz representa los cuatro años de lucha por engendrar.
En el intento se frustró, pero volvió a intentarlo. “Yo en un momento pensé que nunca me iba a embarazar. Pero de repente, ¡pump! vinieron los cuatro. Quiero animarle a la gente que está buscando, todo llega a su debido tiempo”.
PRENATAL. En el caso del embarazo de Laura, a los ocho meses ya ni podía caminar con la barriga a cuestas. Tuvo que dejar de trabajar afuera y mudar su oficina en casa. La madre cuenta que su “embarazo fue tranquilo, con mucho reposo”.
El domicilio de los Larrosa Ramírez huele diferente desde enero: a bebés. En un cuarto, en dos cunas de casi metro y medio, los tres bebés se acuestan. Jorgito, el pequeñito llora sin parar; Elías duerme, Gabriel abre los ojos e Ivana sonríe en brazos de la mujer que un tiempo pensó que jamás podría ser madre.
“De repente yo les miro y no puedo creer todavía que son mis hijos, es una experiencia muy linda, que implica mucha responsabilidad, uno siente tanta carga también, en el sentido de que tenés cuatro personas que dependen de vos, que tengas que cuidarles para que nos les pase nada. Es maravilloso, es un sentimiento que no se puede describir”.