08 ene. 2026

LAS negociaciones SECRETAS DEL GOBERNADOR Bernardo de VELASCO

En mayo de 1811, el gobernador Bernardo de Velasco negociaba el envío de tropas del Brasil al Paraguay. La insurrección de un grupo de oficiales interrumpió aquellas tratativas, cuyo fin hubiera tenido consecuencias imponderables para la independencia.

El 14 de mayo de 1811, el grupo de oficiales de milicia dirigidos por el capitán Pedro Juan Cavallero se apoderó de los cuarteles de Asunción sin encontrar resistencia. En la madrugada del día siguiente, los insurrectos hicieron llegar al gobernador Bernardo de Velasco la intimación escrita en que le decían: “esta Provincia esta cierta que [...] ahora se la va a entregar a una potencia extranjera [...] que es la potencia portuguesa”.

¿A qué se referían los patriotas? A la presencia en Asunción del teniente José de Abreu, llegado a Asunción el 9 de mayo de 1811, como enviado de Diego de Sousa, jefe militar de Río Grande del Sur. Diego de Sousa no actuaba por cuenta propia, sino siguiendo instrucciones del Gobierno de Río de Janeiro.

En aquel tiempo no existía ningún camino directo entre Río y Asunción, así que las comunicaciones tenían que pasar por Río Grande. En aquel tiempo se llamaba portugués a toda persona nacida en el Brasil, colonia portuguesa. Portugal y España eran entonces países aliados en la lucha contra Napoleón; no por eso dejaban de ser muy malos vecinos.

A pesar de las alianzas, la Corte de Río no dejaba de buscar la ocasión de aumentar el territorio del Brasil a expensas del territorio del Virreinato del Río de la Plata. Para completar, la pareja real de Río de Janeiro se llevaba muy mal. El príncipe regente portugués (el futuro Juan VI), estaba separado de hecho de su esposa, la española Carlota de Borbón, hermana de Fernando VII, el rey español prisionero de Napoleón. Don Juan quería el Virreinato del Río de la Plata para Portugal; doña Carlota lo quería para ella misma, que se consideraba la legítima reina de España, a causa del cautiverio de su hermano Fernando.

Por eso, en 1808, decidió viajar al Virreinato para hacerse reconocer como reina; no viajó porque Inglaterra no le prestó la flota y su marido la puso en reclusión domiciliaria. Pero la idea prendió en Buenos Aires, donde Juan José Castelli y otros futuros próceres de la independencia argentina escribieron a doña Carlota en 1809 para pedirle que fuese su reina; la querían como reina constitucional, una manera práctica de alcanzar la independencia.

Ella, absolutista y enemiga de independencias y constituciones, les dio la espalda. Finalmente, no hubo invasión portuguesa del Río de la Plata porque Lord Strangford, representante diplomático de Inglaterra, prohibió que la hubiera. Si el enemigo común era Napoleón, sobraban las rencillas entre Portugal y España, las dos protegidas de Inglaterra.

El equilibrio impuesto por Inglaterra se vio amenazado a partir del 25 de mayo de 1810. Aquel día, el pueblo de Buenos Aires destituyó al virrey del Río de la Plata y formó una Junta de Gobierno que se proponía llevar la revolución al resto del disuelto virreinato e incluso al Brasil. (El vocal de la Junta Juan José Castelli quiso liberar a los esclavos del Brasil.)

Entre las primeras medidas de la Junta bonaerense se contó el envío de dos ejércitos para las provincias interiores. Uno de ellos reprimió a los españolistas en Córdoba y luego marchó para el norte, hasta el Alto Perú (hoy Bolivia), para batir a la oposición.

El otro ejército, mandado por Manuel Belgrano, cruzó el Paraná en diciembre de 1810 y fue derrotado en enero de 1811 en Paraguarí. Esa derrota militar de Belgrano fue, en gran medida, una derrota política del gobernador Bernardo de Velasco y del partido españolista en el Paraguay.

Velasco lo comprendió y decidió pedir ayuda militar al vecino. El 3 de febrero de 1811, el gobernador escribió a Diego de Sousa, jefe militar de Río Grande, pidiéndole el envío de 200 soldados para cortar las comunicaciones entre Belgrano, quien todavía estaba en territorio paraguayo, y Buenos Aires. (Esos soldados debían entrar al territorio de las actuales Misiones argentinas, entonces jurisdicción paraguaya.)

MANIOBRAS. Sousa contestó la nota el 28 de febrero de 1811. En la nota ofreció a Velasco los 200 hombres, más una fuerza adicional de 800 a 1.000 hombres, que debía quedar sobre el río Uruguay, a la espera de las órdenes de Velasco -a condición de que el Paraguay reconociera a Fernando VII, y los derechos eventuales de Carlota Joaquina a falta de sus hermanos. Esto puede interpretarse como una alianza entre dos monarquías (la española y la portuguesa) contra la subversión liberal.

También se lo puede interpretar como el deseo portugués de entrar en territorio español para quedarse. Inglaterra había prohibido las invasiones; si las autoridades españolas pedían tropas, no podía hablarse de invasión. Digamos que podía: en cartas posteriores, De Sousa ofreció a Velasco 1.500 hombres, que acuarteló en San Borja, listos para invadir el Paraguay. No lo hizo porque Lord Strangford descubrió la maniobra y la desbarató.

Aun así, quedaba la posibilidad de que Velasco pidiera expresamente el ingreso de las tropas portuguesas, con lo cual quedaría sin fundamento la oposición inglesa. Para negociar el asunto, Sousa envió al Paraguay al teniente José de Abreu, quien llegó a Itapúa el 15 de abril de 1811.

En Itapúa tuvo que vérselas con Fulgencio Yegros, quien conspiraba, sabía para qué llegaba Abreu, y lo mantuvo detenido con distintos pretextos, hasta que debió dejarle seguir viaje por mandato expreso de Velasco.

El portugués (o brasilero) llegó a Asunción el 9 de mayo e inmediatamente comenzó a mantener conversaciones reservadas con el gobernador, el obispo y el Cabildo. Aparentemente, Velasco no estaba muy convencido de la conveniencia de aceptar tropas extranjeras pero el Cabildo sí lo estaba, y terminó obligando al gobernador a aceptar el parecer de sus regidores.

La noticia llegó a oídos de Pedro Juan Cavallero y demás conjurados, quienes escribieron a Fulgencio Yegros para decirle que, si Abreu llegaba a Itapúa en su viaje de regreso al Brasil, lo ahogara en el río.

Fue una precaución extraordinaria porque, conscientes del peligro de la intervención portuguesa, y enterados además de que Velasco había descubierto la conjura, Cavallero y sus camaradas se levantaron el 14 de mayo.

TRAICIONES. ¿Fue Velasco un traidor? No. La acusación de traición resulta injusta. Él mantuvo en todo un momento una posición bien definida. Si, desesperado por el avance de la conspiración, decidió pedir ayuda Río Grande, no lo hizo con el propósito de entregar el Paraguay sino de conservarlo para la corona española.

La acusación de que pensaba entregarlo “a una potencia extranjera”, presente en la intimación del 15 de mayo, no se confirmó cuando Velasco cedió a las exigencias de los patriotas, y por eso se le permitió formar parte del triunvirato integrado por él, Francia y Zeballos.

Claro que la acusación no pudo confirmarse porque Velasco tuvo el cuidado de quemar toda la correspondencia comprometedora. Pero semanas más tarde, los patriotas capturaron una carta enviada a Velasco por un subordinado suyo llamado Carlos Genovés, donde se leía lo siguiente: “Mi general. Por lo que pueda suceder, sírvase V. S. redoblar sus contestaciones con los portugueses: que éstos cubran inmediatamente la costa oriental del Paraná; que los del Norte [Mato Grosso] caigan, si es posible, sobre el Paraguay inmediatamente”.

Esto significaba ocupar las actuales provincias argentinas de Corrientes y Entre Ríos, para que toda la margen oriental del río Paraná quedara en poder español.

Los portugueses debían enviar soldados al Paraguay y la Banda Oriental, cuyas autoridades seguían siendo españolas. La maniobra hubiera sido muy negativa para la independencia del Río de la Plata, pero no puede acusarse de traición a las autoridades españolas, quienes por otro lado jugaban con fuego dando intervención a Portugal.

Velasco decidió pedir ayuda militar al vecino. El 3 de febrero de 1811, escribió a Diego de Sousa, jefe militar de Río Grande, pidiéndole el envío de 200 soldados para cortar las comunicaciones entre Belgrano y Buenos Aires.

Velasco tuvo el cuidado de quemar toda la correspondencia comprometedora. Pero, semanas más tarde, los patriotas capturaron una carta enviada a Velasco por un subordinado suyo llamado Carlos Genovés .