Por Mario Rubén Álvarez alva@uhora.com.py
Las actividades centrales del Bicentenario de la Independencia, en torno a los días 14 y 15 de Mayo, han despertado o redespertado el saludable interés por el guaraní. Fue como si, después de 200 años, un gran sector de la población descubriera -en el caso de muchos jóvenes- o redescubriera el inmenso valor de esa lengua que permanece viva gracias a los hablantes.
Quien está más acostumbrado a escuchar que a dejar oír su voz puede percibir que hay un fervor hacia la variedad del guaraní paraguayo que constituye un sello de identidad profundamente arraigado.
"¿Dónde puedo estudiar guaraní? ¿Cómo puedo mejorar mi guaraní, que es muy elemental?...”, son las preguntas más recurrentes que revelan el interés por incorporarse en filas de los guaranihablantes o elevar la calidad del instrumento lingüístico ya poseído.
Buena parte de los que han incluido en su universo de conversación el tema de la lengua heredada de los primitivos y verdaderos dueños de las tierras que hoy habitamos está preocupada por el jopara.
-Chéngo añe’ê jopara, nañe’êi guarani -dispara quien parece avergonzado por no poder expresarse en “guaraní puro”, sin mezcla de vocablos del castellano.
El jopara -mezcla del guaraní con el castellano- no es sino el guaraní que ante la necesidad de comunicación recurre a palabras del castellano. Ocurre, sobre todo -no con exclusividad-, con términos que provienen de la tecnología. “Ajogua che telerâ”, dice la gente. Y no, por ejemplo: “Ajogua che ta’angambyry rechaukaharâ”.
Así como ese vocablo “tele” hay muchas otras voces que se insertan en el guaraní, a veces por calco (se incorpora la palabra tal cual como es en la lengua original, por ejemplo pelóta), a veces por transfonetización (se cambia ligeramente la palabra diciendo, por ejemplo, kavara en vez de cabra).
Esos vocablos que se incorporan al guaraní ya son del guaraní. Forman ya parte de su vocabulario. Por lo tanto, ese jopara no es sino la adecuación del guaraní a los tiempos que vivimos. Y esto no es ningún “delito” ni impericia en el uso de la lengua.
De hecho, todas las lenguas prestan palabras que provienen de otras lenguas para designar realidades que ellas no nombran. No hay lenguas puras. ¿Acaso se dice que el castellano recurre al jopara con el inglés cuando dice gol, fútbol, córner? (¿Quién dice meta, balompié... aunque tiro de esquina es más frecuente?).
Es bueno dejar aclarado, sin embargo, que el jopara es sumamente perjudicial para el guaraní cuando se lo usa de manera innecesaria, porque hay palabras o giros expresivos que la mayoría de los hablantes entienden aún. No hay por qué decir “amonde che pantalón” por “amonde che kasô”. O “ahecha mokóî pajarito” por “ahecha mokóî guyra’i”.
El akâ raku que hay con el guaraní tiene que traer consigo también la responsabilidad personal y comunitaria de cuidar la lengua para que el castellano, el portugués -en la frontera con el Brasil- o el inglés no lo vacíen por pereza o inconsciencia de los hablantes.
Hasta ahora el guaraní paraguayo (porque también está el guaraní mbyá, el guaraní paîtavyterâ, etc., ligeramente diferentes al que hablamos nosotros) sobrevivió por obra y gracia de los hablantes.
A los diversos administradores del Estado -los Gobiernos de turno- nunca les importó que esta lengua sobreviviera. Es más: algunos la persiguieron en las aulas y en las oficinas públicas, sin olvidar a las familias que prohibían a sus hijos ser “guarangos”.
Esos mismos hablantes que hacen que el guaraní no desaparezca son los que tienen que seguir salvándolo, al no incorporar palabras prestadas del español u otra lengua si no hay necesidad.
Esto, lastimosamente, tiene que seguir siendo así porque el Gobierno del presidente Fernando Lugo todavía no implementa las instituciones creadas por la Ley de Lenguas, promulgada en diciembre del año pasado.
Y conste que en su discurso de asunción a la presidencia, el 15 de agosto de 2008, daba la impresión de que iba a ser el mejor amigo del guaraní. Mamótapa.