29 abr. 2026

LAS DESVENTAJAS DE LA AMBICIÓN

WASHINGTON
Una gran cualidad de la sociedad norteamericana es el empuje para alcanzar el éxito ?bueno, no sólo para lograr el éxito sino para triunfar por encima de todos los demás?; ser una estrella, un magnate, un poder, una celebridad o un líder; ser admirado, respetado, temido u obedecido más que los pares. Creer en estas posibilidades motiva a innumerables norteamericanos a esforzarse por la excelencia, a trabajar tenazmente por nuevos descubrimientos e inventos. En cuanto a una de las grandes debilidades de la sociedad norteamericana, remítase a todo lo de arriba.
Es una paradoja persistente de la condición norteamericana. Hay un punto en que la ambición y la determinación de triunfar, que generalmente son positivas, se vuelven destructivas, corruptoras y deshonestas. El éxito se convierte en su propio dios. Lo que importa es ganar; los métodos o las consecuencias cuentan poco o nada.
El último recordatorio de esta paradoja proviene de tres casos recientes: Bill Belichick, el entrenador de los New England Patriots; la corredora Marion Jones; y el abogado procesalista William Lerach. Belichick grabó en video las señales defensivas de los contrincantes, violando las reglas explícitas de la Liga Nacional de Fútbol Americano; Jones admitió haber consumido drogas ilegales alrededor de las Olimpiadas de 2000; y Lerach se declaró culpable de contratar ilegalmente demandantes pantallas, para entablar demandas contra empresas. Belichick se la llevó bastante de arriba (una multa de 500.000 dólares), pero los otros no. Jones ha devuelto cinco medallas (tres de oro, dos de bronce) ganadas en las Olimpiadas de Sydney, y Lerach enfrenta penas de 8 millones de dólares y por lo menos un año de cárcel.
Lo que conecta estos casos es que las transgresiones, en su mayor parte, o quizás enteramente, no tenían sentido. ¿Cree alguien, realmente, que los Patriots de Belichick no ganaron tres Finales de Fútbol (2002, 2004, 2005) debido a su inherente habilidad? Jones, sin duda, habría ganado algunas medallas sin necesidad de doping. Lerach era ya uno de los mejores abogados procesalistas. Aunque quizás hubiera perdido algunas demandas prescindiendo de los demandantes falsos, su firma indudablemente hubiera seguido figurando entre las mejores, si se hubiera atenido a las reglas.
En conjunto, los norteamericanos creen en la ambición. Piensan que es necesaria para uno, personalmente, y valiosa para la sociedad. En una encuesta, el Centro Nacional de Investigaciones de Opinión de la Universidad de Chicago preguntó a los encuestados qué era importante para “progresar en la vida”. La ambición ocupó el primer lugar con un 43 por ciento, seguida de cerca por “el trabajo duro” (38 por ciento) y “una buena educación” (36 por ciento). Más rezagados estaban la “capacidad natural” (13 por ciento), “conocer a la gente adecuada” (10 por ciento), “padres educados” (6 por ciento), “provenir de una familia acaudalada” (3 por ciento), “tener conexiones políticas” (3 por ciento) y “la raza de un individuo” (2 por ciento). Los norteamericanos piensan que el esfuerzo individual cuenta; lo demás es secundario.
No sólo aprobamos la ambición. Estamos fascinados por ella. “Ídolo Americano” y sus varias imitaciones ?"Top Chef”, “Project Runway”, “The Last Comic Standing”, entre otras? no son programas sobre el canto, la cocina, el diseño de modas o los cómicos. Como señala el especialista en Ciencias Políticas Benjamin Barber, en el actual número del Wilson Quarterly, estos programas son sobre “ganar y perder”. Por eso son tan populares; son una metáfora televisada de lo que muchos norteamericanos viven día a día.
Superficialmente, queremos saber los resultados. Pero la atracción real de estos programas es que vivimos indirectamente los sueños y las decepciones de los competidores. Casi todos nosotros queremos ser campeones; casi ninguno de nosotros puede serlo. Simpatizamos o nos identificamos con los perdedores íntegros, quienes, a pesar de grandes esfuerzos e integridad personal, no alcanzan el éxito. Vitoreamos a los ganadores cuyo talento y tenaz trabajo merecen el éxito. Quisiéramos estar en su lugar. Pero nos desagrada el ganador manipulador quien, aunque talentoso, parece ser un adulador o un fraude.
En general, la mayoría de los norteamericanos reconcilia las sumas exigencias de la ambición con los límites del mundo real. El ensayista Daniel Akst, que también escribe en el Wilson Quarterly, advierte sabiamente:
“La vida no es tan competitiva como los medios la quieren pintar. La mayoría de los norteamericanos tiene más tiempo de ocio del que se tenía hace una generación, incluso aunque los trabajadores mejor remunerados trabajan como locos. Y la competición de todo tipo es peor en lugares tales como Nueva York y Los Ángeles, donde el histerismo de los bienes raíces y del pánico de las guarderías aflige incluso a los ricos y poderosos. Los medios nos llegan desde esos lugares... (y sus informes) deberían descartarse en, por lo menos, un 50 por ciento.”
Bueno, está bien. Pero para un subgrupo de norteamericanos, la ambición se suelta del ancla del juicio sensato, de las normas sociales ampliamente aceptadas o de los valores éticos. Se vuelve fanática, una fuerza que a veces produce asombrosos logros y otras, tragedias, miseria y flagrantes lapsos de conducta ?y ocasionalmente, todo eso junto. Las historias de Belichick, Jones y Lerach dan testimonio de ese fenómeno.
A medida que la ambición crece, también lo hace la autoabsorción. Todo lo demás se desinfla. La obcecación puede sofocar el freno y el sentido común. Es una gran desventaja.
(c) 2007, Washington Post Writers Group