Que el trabajo de un naturalista tenga consecuencias filosóficas no parece, a primera vista, plausible. Los naturalistas eran aquellas personas que, entre los siglos XVII y XIX principalmente, realizaban estudios sobre historia natural. Los naturalistas poseían conocimientos simultáneos en botánica, zoología, medicina, geología, geografía y oceanografía, entre otros. Naturalistas fueron el padre Acosta, el conde de Buffon, Jean-Baptiste Lamarck o Alexander von Humboldt, y no es inmediato inferir que los trabajos de éstos tuvieran consecuencias filosóficas. El caso de Darwin es diferente. Darwin fue un naturalista que presentó una teoría de la evolución del mundo viviente que tuvo y aún tiene consecuencias sobre diversas áreas de la filosofía, a saber: consecuencias epistemológicas, metodológicas, ontológicas, antropológicas, teológicas, éticas, y hasta sociales y políticas.
Desde el punto de vista epistemológico, Darwin creó un estilo de ciencia que iba a contramano del ideal establecido. Según este ideal, las teorías debían estar formalizadas en un lenguaje matemático y contener leyes universales y deterministas. La teoría de Darwin no utilizaba matemáticas ni presentaba visos de poder ser formalizada; todo lo contrario, las descripciones de los fenómenos naturales eran claramente de tipo cualitativo, como la mayoría de las descripciones naturalistas de la época. Por otro lado, casi la totalidad de las leyes de su teoría no eran leyes universales, sino simples enunciaciones de regularidades acotadas y, más aún, los procesos evolutivos mencionados en El origen... asumen un importante componente de azar. Por último, la ciencia darwiniana tenía un marcado carácter histórico, ya que para explicar por qué se extinguieron los dinosaurios o por qué mamíferos como las ballenas regresaron al mar, se hacía necesario recurrir a narrativas históricas que dieran cuenta de estos hechos.
Desde el punto de vista metodológico, es decir, en el modo en que se produce una teoría, se puede decir que Darwin fue un pluralista metodológico. Ello es así pues Darwin utilizó cuanta herramienta encontró conveniente para argumentar a favor de sus hipótesis. En este sentido, vale destacar que presentó un caso ejemplar de “agrupación de convergencias” al unificar, mediante la evolución, campos tan dispares como la sistemática, la paleontología, la embriología, la distribución geográfica de las especies, el instinto, etc.
La teoría de la evolución de Darwin también produjo consecuencias ontológicas. Una de las creencias filosóficas más arraigada antes de la aparición de El origen... era la filosofía del esencialismo. Aplicado al mundo natural, los esencialistas afirmaban que todos los seres de la naturaleza eran un reflejo de un número limitado de esencias eternas, universales e inmutables, esencias que determinaban lo que la cosa es y aquello por lo cual se distingue per se de todas las demás. El principal aporte de Darwin a esta cuestión consistió en mostrar que la unicidad de los individuos no se restringe a la especie humana, sino que se extiende a todas las especies vivientes con reproducción sexual. De hecho, la singularidad del individuo se convirtió en la clave de la teoría de la selección natural de Darwin. La consecuencia de esto fue la sustitución del esencialismo por el pensamiento poblacional, el cual resalta el papel central del individuo en el proceso de evolución.
La antropología filosófica ha buscado, desde siempre, respuesta a la no trivial pregunta de “qué es el hombre”. A diferencia de su consanguínea, la antropología cultural, aquélla trata de responder al interrogante desde posiciones más a priori, por el solo uso de la razón, tratando de determinar la nota que distingue al hombre del resto de los seres vivientes y que lo hace único. Bajo la influencia de la religión cristiana, el hombre ocupaba un lugar privilegiado y único en la Creación. Pero, habiéndose establecido el hecho de la evolución, la evolución humana aparece como un caso particular de la evolución biológica. Desde la época de Darwin, los paleoantropólogos han realizado numerosos descubrimientos que dan sustento al hecho de la evolución humana, a los que se les han sumado técnicas genéticas que permiten determinar especies intermedias y extintas entre los simios actuales y el Homo sapiens. Ahora bien, todos estos estudios nos ofrecen una imagen del hombre completamente diferente a aquellas que hacían de éste un ser único y el centro de toda la Creación. Después de Darwin, la especie humana es restituida a la naturaleza en la misma categoría que el resto de especies vivientes y, quizás, como mayores responsabilidades que sus parientes menos inteligentes.
La teoría de la evolución de Darwin también tiene implicancias éticas divergentes que aún no han sido analizadas con suficiente profundidad. Una primera interpretación sugiere que, dado que la evolución es una ley natural, lo que corresponde hacer es no sólo evitar interferir en el cumplimiento de dicha ley, sino además colaborar a que la misma se realice. Esta interpretación, de fuerte carácter egoísta, fue una de las primeras que se dieron en Inglaterra, principalmente en los comienzos del capitalismo, y fue la base de posiciones radicales que sostuvieron la eugenesia. Una segunda interpretación considera que los sentimientos altruistas, es decir, sentimientos como los de protección de nuestra progenie, cooperación entre semejantes, etc., constituyeron una ventaja evolutiva para la especie Homo sapiens, ventaja que redundó en un mayor beneficio para el grupo en general y para el individuo en particular. Y dado que estos sentimientos son un hecho en los seres humanos, éstos sirven como principio meta-ético para fundamentar una ética sustantiva altruista.
Por último, no son menos importantes las implicancias sociales y políticas que posee la teoría de la evolución de Darwin. Ello es así, pues si el lugar del hombre sobre la Tierra se ve afectado y su conducta también se ve afectada por otros principios del deber-ser, luego la forma de organización de una sociedad y la manera en que ésta debe regirse aparecen directamente afectadas.
A modo de conclusión, quiero señalar que no considero que las posiciones de Darwin sean respuestas concluyentes a perennes preguntas de la filosofía. Sí deseo subrayar el hecho de que importantes problemas filosóficos reciben respuestas renovadoras a la luz de la teoría de la evolución de Darwin.
El 24 de noviembre de 1859 se publicaba por primera vez uno de los libros más influyentes en la historia de la ciencia: El origen de las especies.
Luis Salvatico (*)
Epistemólogo
luis.salvatico@gmail.com
DARWIN Y DIOS
Desde siempre la filosofía ha estado preocupada por la idea de Dios: por las pruebas de su existencia, por las características de la naturaleza divina, por sus vestigios en la Creación y en las criaturas, por la autenticidad de sus intervenciones en el mundo. A pesar de poder reconocerse como disciplinas diferentes, teología y filosofía han estado indisolublemente unidas a lo largo de la historia del pensamiento occidental. En este contexto, la obra de Darwin posee consecuencias que minan los argumentos en favor de posiciones teístas. En primer lugar, pues Darwin presentó fuertes evidencias en contra de la visión finalista o teleológica del mundo. Antes de Darwin era corriente afirmar que los ojos habían sido creados para ver, las extremidades para trasladarse, los pulmones o branquias para respirar. Darwin puso patas arriba estas explicaciones y logró presentar explicaciones naturalistas de todos los fenómenos adaptativos, rechazando de este modo la teoría de la creación independiente de cada especie. Después de Darwin, explicar las patas palmeadas de los patos o las colas prensiles de los monos arañas se hace mostrando cómo cada uno de estos caracteres otorga una ventaja adaptativa respecto de un antepasado común que permite a la nueva especie un mayor éxito reproductivo.
También Darwin puso en entredicho el argumento del diseño, del teólogo William Paley. Darwin propuso una explicación de los fenómenos vivos que superaba la explicación del diseño particular e individual de cada especie por un diseñador omnipotente, y presentando una “mejor explicación” desbarató el principal sustento del argumento del diseño. La polémica entre evolución y teología ha resurgido recientemente a partir de la teoría del diseño inteligente. En mi opinión, los argumentos de esta nueva teoría no aportan mejores posiciones a las logradas a partir de la teoría de la evolución de Darwin y constituyen intentos fallidos por otorgar estatus científico al creacionismo, al que podría considerarse un oxímoron. Dicho sucintamente, el darwinismo hizo tambalear los cimientos sobre los que se basaban los argumentos teístas, obligando a los devotos a revisar sus argumentos.