12 feb. 2026

La superioridad del conocimiento

La autoridad del conocimiento nace de su propio valor. Se la respeta porque su superioridad tiene consistencia como un bien necesario para la autocomprensión de la sociedad y para su evolución en el proceso histórico. Su jerarquía no procede de una simple representación, siempre contingente y efímera, sino de su indispensable ejercicio para entender la realidad de los problemas y las cosas del mundo. Y a través de esa capacidad, que no comparte con ninguna otra potestad, el carácter superior del conocimiento se reconoce por sus fines y los medios, que están al servicio de las verdades y de los principios que contribuyen a la eticidad de las relaciones humanas. Pero son también los motivos por los cuales los poderes transitorios, como los de la política y de la riqueza, sienten cierta aversión contra los sabios, aunque los necesitan para su justificación y utilidad.

No es posible avanzar hacia la civilización contemporánea sin instituir el conocimiento en el contexto social en el que se vive. Peor aún, una sociedad que no accede al desarrollo de la ciencia, del pensar y de la tecnología, y a la producción de estos saberes teóricos y prácticos, se autocondena a no tener futuro. Su inviabilidad no está solamente en el atraso y en la pobreza que amplían “el desarrollo del subdesarrollo”, sino también en su negativa posibilidad de ser y de acontecer. A desaparecer existencialmente en un hundirse inexorable en el abismo de su disolución. Anulación irresponsable, nunca inocente. Pues hoy se tiene la información, aunque de oída, de que sin conocimiento el porvenir no existe.

¿Qué papel pueden cumplir un Gobierno, un Estado y un país que no apuestan, en términos de un proyecto histórico, a integrarse en la ardua travesía de esta Era del Conocimiento, cuya movilidad tiende a ganar fuerza y velocidad? Nada. Únicamente ineficiencia o el de la completa irresponsabilidad. ¿Es posible hablar de política, aún más de cambio, si lo que se jerarquiza es volver hacia los estamentos feudales en los que la concepción a-histórica del mundo excluía y perseguía la búsqueda de una explicación racional de la vida y del universo?

¿Acaso la modernidad no es sinónimo de secularización o de democracia? ¿O de autonomía y no de corporativismo?

La pregunta que la inteligencia debe hacerse es ¿hacia dónde vamos? Antes de que aparecieran los intelectuales a fines del XIX y comienzos del siglo XX, la ideología dominante - esa representación ilusoria de las relaciones sociales- respondía que la voluntad omnipotente dirigía nuestro destino. Entonces bastaba abandonarse a sus designios. Pero con la filosofía y la ciencia de nuestro tiempo la definición de la estrategia, y de los paradigmas, corresponde a nuestra inteligible elección racional. Y en consecuencia, también, a nuestra coherente acción transformadora.

Ya no aparecen caminos al margen de una imaginación instituyente de la sociedad del conocimiento. La transhistoricidad - la meta-acontecimiental- nos conmina a la convergencia de esfuerzos para instituir una educación sistémica, en todos sus niveles, hodiernamente centrada en el aprendizaje de la ciencia, de la técnica, de la epistemología y de las humanidades. Aprendizaje para elevarnos a la práctica teórica, con el rigor cognoscitivo y metodológico exigido por la actualización, de las diversas disciplinas, para ejercer con seriedad las profesiones liberales y las tecnocientíficas, de conformidad con los estándares universales. Ya será un salto cualitativo muy grande, además de ineludible.

Con todo, será insuficiente. Se limitará analógicamente a la adquisición de un aparato de última generación, pero que luego de cinco años pasará a la obsolescencia. El imperativo del conocimiento sanciona el deber de la investigación. No la pasiva ni la que lleva a la reproducción, incluso mejorada en calidad, de las leyes, las regularidades y de los dominios instrumentales de los conocimientos que ya poseen el estatus de proposiciones, competencias y habilidades científicas y técnicas universales. Esta investigación, no obstante su prefiguración utópica, debe orientarse a la producción o creación de nuevos conocimientos. Y en los distintos campos del saber, pero especialmente en los que son fundamentales para nuestro desarrollo y crecimiento, no del “derrame”, sino integral y anticíclica. Este es el desafío.

Para evadirnos de este reto, no faltan quienes aducen que no tenemos recursos financieros. Tampoco capital humano. Pura ideología. Retrógrada por demás. La cuestión no es solo de políticas públicas, sino de proyecto de sociedad. Las experiencias son más que testimoniales, por aleccionadoras. Como plantea Edgar Morin, ¿qué hacer? Y la respuesta aparece en El espacio de la razón, del filósofo finlandés George Henrik von Wright. Determinante es “dispersar la niebla que pesa sobre la fe en el progreso”. Reemplazar la ilusión y la promesa por los cálculos prospec-deductivos y las planificaciones viables. Socializar lo posible por lo factible. Al ser humano todo le es dable por hacer. No tiene plenitud. Son infinitas sus posibilidades porque nada le impide descubrir, re-hacer, innovar.

¿Cómo descubrió el hombre que podría salir de esa pavorosa situación de lo elemental y primitivo? Desde que aprendió que algo nuevo depende del hacer y del comprender. Así prendió la mecha revolucionaria de la educación. Y su fuego jamás dejó de alumbrar a la humanidad. De ahí en más las sociedades que no querían circular sobre el atraso asumieron conscientemente la superioridad del conocimiento. Y reconocieron que su autoridad es más perdurable en la historia, porque la confianza en la sabiduría las hace avanzar.

¿Qué papel pueden cumplir un Gobierno, un Estado y un país que no apuestan a integrarse en la ardua travesía de esta Era del Conocimiento? Nada.

Filosofía

Juan Andrés Cardozo

Filósofo

galecar2003@yahoo.es