Por Gustavo Olmedo B.
Quizás una de las características más evidentes de nuestro tiempo es la confusión. Ella se ha convertido en el nutriente cotidiano de mentes débiles y modas, y hasta de profesionales –entre ellos de la comunicación y la educación, por mencionar a algunos–, quienes muchas veces encuentran en esta una aliada para esconder su mediocridad o intereses particulares.
Hay confusión no sobre cuestiones de segundo grado, sino esenciales: la vida, el amor, el sexo, la familia, la educación y muchos otros temas.
Hoy es más difícil plantear certezas –factor vital para el equilibrio de la persona– y se respira la endeble frase: “cada uno tiene su verdad"; mientras, el rechazo a los dogmas se convierte en un dogma.
Y la confusión lleva a la contradicción. Se apoya y defiende públicamente el aborto –que es un asesinato encubierto de eufemismo–, pero se arma el escándalo (y con justa razón) cuando una mujer apuñala a su hijo de dos años. Me pregunto: ¿Cuál es la diferencia?
Emilio Komar, exiliado esloveno en Buenos Aires y gran profesor de filosofía neotomista, muerto recientemente, estaba preocupado por la moderna adicción a la confusión. Para poner en evidencia los daños desastrosos y la necesidad de combatirla, la describía aproximadamente así: “Una gran cazuela donde se mete champán rosé, bordeaux, petróleo, orina de ratón, y después se bebe”. Una mezcla que casi inconscientemente va ganando mentes y mentalidades. Una realidad que no corresponde a la dignidad humana.
La pregunta obligada es cómo superar la confusión en un mundo donde el bombardeo informativo es permanente y donde afirmar una postura con certeza es considerado “fundamentalismo”. La confusión surge de la falta de certezas sobre la vida y la persona; se fortalece con la pérdida de conciencia sobre el valor de la vida, de la dignidad que constituye nuestra naturaleza.
Habrá confusión mientras nos encerremos ciegamente en ideologías y teorías, en vez de mirar la realidad y construir sobre ella. “Razonable es aquel que somete la razón a la experiencia”, señala Jean Gitton en el libro el Arte nuevo de pensar”. Entonces, será más fácil superar este ambiente entramado cuanto más sometamos nuestros actos al peso de la experiencia, es decir, a los hechos, más aún de los cuales hemos sacado un juicio, una valoración. Ya no se puede vivir por el simple “me gusta” o “no me gusta”, y en base a ello actuar, sin terminar en la ruina. Es necesario mirar la realidad y aprender de ella, es necesario tener una referencia en medio de esta avalancha de ideas y posturas. Es injusto regalarte a un niño un juguete sin explicarle cómo funciona, sin darle una certeza, pero aún más injusto es darle la vida sin ofrecerle una hipótesis que le permita entender cómo puede vivirla de manera intensa y humana.
En este contexto, es bueno considerar aquella reflexión del Nobel Alexis Carrel, que decía que “mucho razonamiento lleva al error, mientras que mucha observación y poco razonamiento conducen a la verdad.”