Opinión

La multa o la coima

Luis Bareiro – @LuisBareiro

Es casi un estereotipo el paraguayo que cruza la frontera y se convierte en ciudadano ejemplar; respeta las reglas de tránsito, hace la fila, jamás libera la vejiga en lugares públicos y ni por accidente quema la basura en el patio. No será tan así ni todos tendrán exactamente el mismo comportamiento, pero el cliché se parece bastante a la realidad.

Tampoco está muy equivocada la suposición de que el mismo compatriota, apenas pone pie en casa, revierte el proceso y hecha a funcionar su tradicional fórmula de convivencia que consiste básicamente en el ninguneo de los derechos de los demás y una actitud de absoluta indolencia hacia lo público.

Mucho se ha especulado sobre las causas de esta mutación del comportamiento social, desde la educación escolar, los valores de la familia y la mala calidad de lo público hasta el mal ejemplo de las élites gobernantes. De seguro que todo eso afecta, en mayor o menor medida y dependiendo de cada caso, pero creo que la causa principal sigue siendo la misma: el miedo... o su ausencia.

Quemar la basura en el patio o la vereda está tan prohibido aquí como en España, solo que aquí las probabilidades de que esa violación de la norma provoque una sanción son mínimas. Tanto es así que el infractor se envalentona y a menudo termina insultando –si no agrediendo– a quien ose echarle en cara su acción. Pruebe hacerle el reclamo a un vecino.

El Estado lleva años insistiendo con campañas de concienciación sobre el uso de cinturón de seguridad, el casco, eliminar criaderos de mosquitos, vacunar a los niños, no estacionar en doble fila, evitar juegos pirotécnicos y disparos al aire, entre otros.

Todo muy lindo, pero no sirve.

Está visto que la única forma de que nos comportemos civilizadamente es bajo la posibilidad cierta de una sanción, una poderosa, una que sacuda nuestro frágil equilibrio financiero, una señora multa.

Dirán que multas altas solo producirán expectativas de coimas más caras. Pues la verdad es que no importa si al infractor le cobran una multa pesada o una coima sustanciosa porque el objetivo no es recaudar, sino que el infractor pierda las ganas de volver a caer en falta. La única forma de reducir las coimas es evitar la infracción.

Por supuesto que no basta con crear un sistema de penalización más dura, hay que generar el mecanismo que permita aplicar las multas y al multado defenderse si no existió la infracción.

La tecnología ofrece soluciones prácticas, siempre que haya voluntad política y administrativa de ejecutarlas. Hay que empezar con cuestiones mínimas. Estoy seguro de que, apenas tengamos la primera decena de indolentes sancionados por arrojar basura a la calle, la mayoría preferirá guardarse el papelito en el bolsillo hasta llegar a la casa.

Esto puede parecer una minucia al lado de los grandes casos de corrupción en los que están metidos los administradores de la cosa pública, pero justamente porque tenemos una sociedad que se permite incurrir todos los días en estas minucias es que termina siendo más tolerante con las monstruosidades de sus gobernantes.

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