Hoy meditamos el Evangelio según San Marcos (8,27-33).
La misa es el más importante y provechoso de nuestros encuentros personales que realizamos con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, pues toda la Trinidad se encuentra presente en el sacrificio eucarístico, y es el mejor modo, y el más grato a Dios, de corresponder al amor divino.
La misa es “el centro y la raíz de la vida espiritual del cristiano”.
“Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. En el sacrificio eucarístico conocemos bien a Cristo. Allí se hace firme nuestra fe, y nos fortalecemos para confesar abiertamente que Jesucristo es el Mesías, que ha venido para la salvación de todos.
Durante cada misa, Cristo se ofrece todo entero, también juntamente con la Iglesia, que es su cuerpo místico, formado por todos los bautizados.
Para conseguir los frutos que el Señor nos quiere dar en cada misa, debemos cuidar la preparación del alma y la participación en los ritos litúrgicos, que ha de ser consciente, piadosa y activa.
Para ello, debemos cuidar la puntualidad, el arreglo personal, el modo de estar sentados o de rodillas..., como quien está ante su amigo, pero también ante su Dios y su Señor, con la reverencia y el respeto debido, que es señal de fe y de amor.
Y seguir los ritos de la acción litúrgica, haciendo propias las aclamaciones, los cantos, los silencios. Sin prisas, llenando de actos de fe y de amor toda la misa, pero particularmente el momento de la consagración, viviendo cada una de las partes.
Y si vivimos con piedad, con amor, el Santo Sacrificio, saldremos a la calle con una inmensa alegría, firmemente dispuestos a mostrar con obras la vibración de nuestra fe: “¡Tú eres el Cristo!”.
Muy cercana a Jesús encontraremos a Santa María, que nos enseñará los sentimientos y las disposiciones con que debemos vivir el sacrificio eucarístico, donde se ofrece su Hijo.
(Frases extractadas de http://www.homiletica.org/francisfernandez/franciscofernandez0756.htm)