Revista Pausa

La investigadora que abrió el discurso científico

Llegó a nuestro país hace 40 años y se hizo conocida por exponer el problema del mal de Chagas cuando nadie hablaba del tema. Es fundadora del Centro para el Desarrollo de la Investigación Científica (Cedic), presidenta de la Sociedad Científica del Paraguay (SCP) y una de las investigadoras nacionales más prolíficas.

Lo que más le costó cuando se nacionalizó fue entregar su pasaporte de Venezuela. Pero desde ese momento, no hizo más que marcar hitos en la historia de la ciencia en Paraguay. “Tengo mis raíces acá. Nunca sentí ningún tipo de rechazo hacia mí ni hacia la profesión que he desarrollado. Mi esposo, mis hijos y mis nietos son paraguayos, toda mi familia ha crecido acá”, expresa Antonieta.

Como muchos investigadores e investigadoras que construyeron una identidad transfronteriza, la científica confesó que cuando va a un congreso, siempre que encuentra oportunidad, se para entre dos banderas, la venezolana y la paraguaya, y se saca una foto. “En la medida en que uno se sienta feliz y pueda desarrollar su capacidad, y dar y sentir que cumple una función dentro de la sociedad, es un ciudadano del mundo”, dijo la especialista.

Su infancia transcurrió en Maracay (Venezuela) y muchos de sus recuerdos la remiten a la playa. A los ocho años comenzó a coleccionar cangrejos. Los juntaba en la arena, los limpiaba y clasificaba por forma y color. Sus padres comenzaron a regalarle elementos para que juegue con la morfología de los especímenes. Pero además de su fascinación temprana por la biología, Antonieta tenía una faceta artística. Le gustaban las danzas típicas y tocaba el cuatro (un instrumento tradicional de Venezuela).

En su primer año de licenciatura, en la materia de zoología se dio cuenta de que no era en vano su pasión por los cangrejos. Le fascinaban los insectos como a Mauricio Babilonia las mariposas amarillas, en Cien años de soledad. Era un espectro que identificaba en la multitud y comprendió que la entomología tenía algo que ver con ella.


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"Tengo mis raíces acá. Nunca sentí ningún tipo de rechazo hacia mí ni hacia la profesión que he desarrollado. Mi esposo, mis hijos y mis nietos son paraguayos, toda mi familia ha crecido acá", expresa Antonieta.

Así fue que obtuvo una licenciatura en Educación por la Universidad Andrés Bello de Venezuela. Más tarde, se licenció en Biología por la Universidad Nacional de Asunción, en Salud Pública por la Universidad de San Pablo, Brasil, y se doctoró en Zoología por la Universidad de Gales, Reino Unido, además de varias especializaciones, con particular énfasis en las enfermedades tropicales.

Hace una década creó el Centro para el Desarrollo de la Investigación Científica (Cedic), que incentiva la investigación en ciencias biológicas, salud y ambiente. Originalmente, el centro buscaba que los jóvenes investigadores que salieron del país para formarse encuentren un espacio donde, al volver, pongan en práctica sus conocimientos. Hoy es una de las instituciones con más publicaciones científicas en el Paraguay.

Rojas de Arias, investigadora nivel III del Pronii-Conacyt, conversó con Pausa sobre el arraigo, la ciencia, la tecnología y los desafíos de las mujeres que deciden dedicarse a la investigación en el país, en homenaje a las científicas en el Día Internacional de la Mujer.

¿Qué recuerda de su infancia en Venezuela?

- Pasé una hermosa niñez y adolescencia en Venezuela. A los 22 me fui y no volví a vivir más allí. Recuerdo la orilla de la playa; yo vivía cerca del mar, a 40 o 45 minutos. Fui hija única, pero tenía muchos primos, entonces no me sentía sola. Siempre fui curiosa, de pequeña me interesaban los insectos, un poco ahí nació mi interés por la biología.

¿Qué le gustaba hacer de niña?

- A mí me encantaba ir a la escuela. Esperaba el momento en que se terminaran las vacaciones porque quería ir al colegio, y fui muy feliz. Recuerdo mis años de infancia rodeada de mucha gente, primos, tíos. Yo crecí en la casa de mis abuelos, eso tiene una riqueza incalculable, rodeada de la familia y de sentir ese cariño que es fundamental, sobre todo cuando uno es chico. El niño que se siente querido, apreciado y que es feliz, puede desarrollar plenamente su talento. Mis papás eran contadores, trabajaban en el área administrativa; mi abuelo materno era administrador de estancias de café y cacao en Venezuela, cerca del mar, y mis tíos, los más jóvenes eran maestros de escuela.

Dicen que la primera investigación es como el primer gran amor de los investigadores. ¿Cuál fue la suya?

- Para mi tesis de bióloga, estudié a las moscas sarcófagas, que son las legiones de insectos que atacan un cuerpo en descomposición. Se utiliza mucho en medicina forense. Hice un análisis de las especies en todas las etapas del proceso de descomposición. En esa época en Venezuela había un sistema de becas, muy parecido al Becal, y en 1977 viajé a Brasil a formarme en entomología médica. Fui a estudiar pero más enfocada en el área de salud.

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Su infancia transcurrió en Maracay (Venezuela) y muchos de sus recuerdos la remiten a la playa. A los ocho años comenzó a coleccionar cangrejos.
Su infancia transcurrió en Maracay (Venezuela) y muchos de sus recuerdos la remiten a la playa. A los ocho años comenzó a coleccionar cangrejos.

¿Qué fue lo que más la marcó de ese viaje?

- Frente a la Facultad de Higiene de la Universidad de San Pablo queda el Instituto de Medicina Legal. Atravesé la calle y hablé con el director, que en ese momento era el profesor Netto. Le dije a este señor que había hecho mi tesis de Biología sobre moscas sarcófagas y le pregunté si creía que podría alternar la salud pública con la medicina legal. Me escuchó, se levantó de la silla y me llevó hacia la ventana. “¿Usted ve eso que está ahí?”, me preguntó (atravesando la calle Doutor Arnaldo está un cementerio). Me dijo: "Ahí ya no hay nada que hacer, en cambio en salud pública se pueden realizar muchísimas cosas por la población. No digo que no es importante, pero usted viene de un país en desarrollo, subtropical, con muchas enfermedades transmitidas por vectores. Yo creo que la necesitan más como una salubrista que como una especialista en medicina legal". Quedé sorprendida con su respuesta. Le agradecí mucho y me fui. Creo que tenía razón. Es como que se me corrió un velo cuando me dijo eso.

¿Cuál fue la primera especialización que hizo?

- Entomología Médica en la Universidad de San Pablo; también hice la especialización en Salud Pública. Me casé allí, volví a Venezuela porque tenía que trabajar para el Gobierno y después vinimos a Paraguay. Hace 40 años que estoy viviendo aquí y he hecho exactamente lo que estudié. Es más, hasta he dirigido una tesis de maestría en Medicina Legal con moscas sarcófagas en Paraguay. Una lección: lo que alguna vez aprendes, siempre lo utilizas. En alguna parte de tu vida lo vas a necesitar. En la Universidad de Gales hice el doctorado de Zoología Aplicada siguiendo la enfermedad de Chagas, que ya estaba investigando aquí. Toda la información de los proyectos que estaba desarrollando me sirvió de base para armar el protocolo de mi tesis.

¿Considera importante acercar la ciencia a la gente?

- Es importante que la sociedad conozca esa ciencia de todos los días, porque va a ser la manera en que se valore la carrera del investigador. Mientras eso no ocurra, no será reconocido como un trabajador de la ciencia. Por ejemplo, acá un jugador de fútbol es ampliamente reconocido porque el fútbol es algo importante para la sociedad. El día en que los investigadores tengamos un reconocimiento así o por lo menos la mitad de los ingresos, será muy diferente. Ese reconocimiento es el que necesitamos.

En su opinión, ¿siguen muy vigentes los estereotipos en torno a quienes se dedican a la ciencia y la investigación?

- La ciencia ha cambiado mucho. El estereotipo del investigador encerrado en cuatro paredes ya no existe. El científico tiene que estar en la cresta de la ola del conocimiento que está desarrollando, generar información relevante y de calidad. Además de todo eso, debe gestionar fondos, formar a otros y publicar sus investigaciones. Al hacer eso está poniendo a consideración de sus pares su producción científica.

El mal de Chagas es algo que estudió desde que llegó al país, ¿qué valor le daban a la investigación en aquella época?

- El mal de Chagas era una enfermedad de la que se tenía información, pero el problema era que las investigaciones en el Paraguay no eran reconocidas como una inversión, sino como gasto, incluso en el presupuesto nacional. Hubo un proceso de institucionalización de la ciencia que ocurrió a partir de 2008, con el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología que, a pesar de haber sido creado en 1997, recién en 2008 dispuso de dinero para las investigaciones. Antes, los investigadores que venimos del siglo XX éramos islas que no se interconectaban porque no se sabíamos qué hacía el otro. A partir de 2011, sabemos cuántos somos, dónde estamos y qué hacemos. Ese es un gran avance. Ahí comienza el incentivo, que resulta de luchar por establecer y hacer investigación en Chagas cuando esta no era importante. Lo hice durante muchísimo tiempo. Para eso tuve apoyo extranjero, gente que vino con proyectos y nos ayudó, que estuvo con nosotros trabajando codo a codo, apoyándonos económicamente cuando no teníamos ese dinero.

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Para su tesis de bióloga, Antonieta estudió a las moscas sarcófagas, que son las legiones de insectos que atacan un cuerpo en descomposición.
Para su tesis de bióloga, Antonieta estudió a las moscas sarcófagas, que son las legiones de insectos que atacan un cuerpo en descomposición.

¿Qué es lo que más le apasiona de la investigación?

- Yo soy una persona privilegiada. Conozco los dos mundos de las enfermedades transmitidas por vectores: el mundo de la ciencia, que se sienta a pensar para contestar una pregunta de investigación; y también el meterse en el barro y arremangarse para luchar contra la enfermedad. Fui directora técnica del Senepa por cuatro años, y me tocaron epidemias de dengue, la última gran epidemia de malaria que hubo en el país y todos los programas de controles de vectores estaban bajo mi responsabilidad. A raíz de esa dualidad conozco la gran diferencia que hay entre luchar contra una enfermedad para evitar nuevos casos y responder a las preguntas que necesitan los programas para lograrlo. Ahí está la complementariedad de estos dos mundos que no son independientes, si no que se complementan; especialmente la investigación apoya enormemente a toda esa lucha para conseguir el control de las enfermedades.

Una investigación de 2017 publicada por la revista Science echó algo de luz sobre las posibles causas de la infrarrepresentación femenina en ciencias e ingenierías. De acuerdo al estudio, a partir de los seis o los siete años, la probabilidad de que las niñas se considerasen brillantes descendía por el tipo de juguetes con el que interactuaban de pequeñas. ¿Qué opina sobre esto?

- Yo creo que es un problema de cómo los padres ven a sus hijos. Yo crecí con muñecas, pero es la educación, el apoyo para identificar tu talento y estimular tu creatividad. Es una cuestión cultural: las niñas a ser princesas, los varones a jugar con autitos, a hacer robótica. Si nosotros estimulamos eso desde niños, obviamente a partir de los seis años a las niñas les parece tonto ponerse a jugar para hacer robótica, pero eso está cambiando en Paraguay. Hay muchísimas niñas que hacen áreas de las ciencias que estaban vedadas para las mujeres. Sin embargo, es un componente cultural importante. Cómo los padres encaran la educación de los hijos y cómo estimulan su talento. El maestro es el que identifica y debería estimular la creatividad de sus alumnos. Necesitamos más padres que detecten el talento y más docentes que estimulen por igual a todos los alumnos sin cargarlos con bagajes culturales que se siguen transfiriendo de generación en generación. Actualmente, en el programa Incentivo al investigador, el 13% del grupo de las ingenierías y las matemáticas son mujeres. Es muy bajo, pero soy optimista, en un tiempo prudencial se va a poder cambiar.

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Le fascinaban los insectos como a Mauricio Babilonia las mariposas amarillas, en Cien años de soledad. Era un espectro que identificaba en la multitud y comprendió que la entomología tenía algo que ver con ella.
Le fascinaban los insectos como a Mauricio Babilonia las mariposas amarillas, en Cien años de soledad. Era un espectro que identificaba en la multitud y comprendió que la entomología tenía algo que ver con ella.

¿Cómo ve el reconocimiento de las mujeres científicas en nuestro país y qué dificultades atraviesa todavía una científica para ser reconocida por su trabajo?

- En Paraguay se da un fenómeno muy peculiar. En el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología prácticamente el 50% del total de investigadores son mujeres, pero el problema está en que a medida que uno va subiendo en los escalones de responsabilidad, se da cuenta que van quedando por el camino. Si bien tienen la misma preparación, son pocas las que llegan a lugares de liderazgo, hay una tendencia a que el hombre sea el que lidera. Inclusive, internacionalmente, se ha pedido que se invite como conferencistas a más mujeres porque, normalmente, la mayoría son hombres. O sea, no es solamente en el Paraguay. En el pasado, había más mujeres investigando que hombres, pero era un problema económico porque los salarios eran muy bajos. Estoy hablando del Conacyt, que es el que tiene mayor porcentaje de investigadoras en este país. Cuando estábamos trabajando, ahí los salarios eran muy bajos. Entonces, no eran salarios para hombres que eran cabeza de familia y tenían que mantenerla. Eran de mujeres que aportaban a su hogar. Esa era la situación en los 80.

¿La brecha salarial es muy pronunciada en el área de la ciencia?

- No, yo creo que no es tan grande la brecha. El problema es el acceso a los cargos de responsabilidad. Quienes tienen mayor responsabilidad son los que reciben más paga, y los hombres son los que llegan a esos cargos. Una cosa que coarta un poco también es la responsabilidad de la mujer como madre y jefa de hogar. Tiene un bagaje de responsabilidades colaterales a su actividad científica que le impide desempeñarse, muchas veces, o duplica el esfuerzo que tiene que hacer. Hay muchísimas investigadoras madres de familia que están trabajando con ganas, esfuerzo y pasión. Pero tiene que haber una voluntad de los compañeros para compartir las obligaciones del hogar, porque es imposible estar en esa dualidad y querer subir la escalera hacia mayor responsabilidad. Tenemos que ir cambiando la percepción de las mujeres en la ciencia y, sobre todo, darles a las niñas todas las chances para que desarrollen su talento.

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