La nueva reina del tenis mundial sufrió en carne propia los duros tiempos de guerra civil en Yugoslavia, el hoy desmembrado estado que se ha atomizado en diferentes naciones independientes.
Sus padres, conocedores de la importancia que tiene la práctica del deporte, quisieron que aprendiera a nadar.
Pero los rigores de esos tiempos de hostilidades transformaron la pileta de natación, a la que concurría la niña Ana, en una fosa sin agua y abandonada.
Los niños que aun en las peores adversidades conservan intacto su espíritu lúdico, transformaron el lugar en una cancha de tenis.
Ahí, la hoy número uno del mundo empezó el feliz romance con el deporte que la llevó a la fama y a la admiración de propios y extraños.
La esbelta y bella jugadora, al alcanzar la cima del tenis internacional, no sólo representa el triunfo de la tenacidad y la constancia contra la adversidad, sino también una reivindicación de la feminidad, aspecto que la enaltece y que desborda por todos los poros, con su gracia y simpatía, que no eclipsan su desbordante encanto, aun cuando pierde un punto o yerra una pelota, lo que motivó el acertado comentario de que “no es fea ni cuando se enoja”.
Nacida en Belgrado, la antigua capital de la hoy extinta Yugoslavia, el 6 de noviembre de 1987, ya superó los cinco millones de dólares en materia de ganancias en una todavía corta pero fulgurante carrera profesional, que se inició precozmente en el 2003.
Fue en París, precisamente donde gestó su mejor actuación el año pasado, cuando llegó hasta la final, que entonces perdió.
Este año ya dio aviso de su imparable ascenso hacia la cima mundial al alcanzar su segunda final de Grand Slam, en Australia.
Y la tercera fue la vencida y triunfal frente a una vieja conocida en los circuitos profesionales, en los que sólo una vez perdió, ganando -incluido el de ayer- tres de cuatro encuentros disputados con Dinara.
Cuando le preguntaron si la derrota en la final del 2007 podía afectarla y si pretendía olvidarla, Ana, acostumbrada a superar malos momentos, reflexionó: “No quiero olvidarme, porque aprendí a controlar mis emociones en la pista”. Entró y jugó como quería un partido diferente, “porque ahora soy una persona diferente”.
La diferencia está a la vista. Ahora es la campeona indiscutida en la catedral del polvo de ladrillo, y además es la número uno del tenis mundial, la decimoséptima jugadora profesional que alcanza el rango en la era Open.