26 ene. 2026

La espera dinámica del Adviento

Hoy meditamos el Evangelio según san Lucas 3,10-18.

“Llegaron también unos publicanos para bautizarse y le dijeron: - Maestro, ¿qué debemos hacer?”. Cómo el bautismo practicado por Juan exigía una conversión de vida, así la espera del Adviento es la ocasión de un cambio en el camino de la santidad.

El Evangelio de Lucas nos presenta después de los acontecimientos de la infancia de Jesús, la misión de Juan el Bautista. Este hombre de Dios, considerado el último de los profetas, punto de conexión entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, recorría la región del Jordán predicando y bautizando.

Tal era su sabiduría que las muchedumbres se acercaban a él para preguntarle qué tenían que hacer, qué vida tenían que llevar para convertirse de verdad. En efecto los que se acercaban a Juan sabían que el bautismo no era sólo un símbolo sino la señal del principio de una vida nueva. En la historia de la salvación el agua siempre marca un cambio, como en el diluvio universal que limpia el mundo de todos los pecados, o el paso del Mar Rojo que abre un camino de libertad al pueblo de Israel.

Juan tiene una palabra para toda categoría de personas: publicanos, soldados y gente común. A cada uno enseña un camino de conversión que lleva a pensar en los demás, a servir a la sociedad, a practicar la justicia, a huir de la murmuración.

El Adviento es para todos los cristianos un camino de conversión que se manifiesta en actos de penitencia y oración pero requiere un cambio de vida. Y nosotros también le podemos preguntar al Señor qué es lo que quiere de cada uno: “¿Qué tenemos que hacer?”.

No es indiferente nuestra conducta, como explica el Bautista en la conclusión del pasaje que hemos leído: el Señor “tiene el bieldo en su mano, para limpiar su era y recoger el trigo en su granero, y quemará la paja con un fuego que no se apaga”.

Antes de que empiece la misión pública del Mesías, el Precursor nos recuerda la seriedad del pecado en nuestra vida, la seriedad del juicio, y nos invita a la conversión.

El “pueblo estaba expectante”, nos dice el evangelio. Nos encontramos en un tiempo de espera, como es el Adviento y toda la vida sobre la tierra. Estamos esperando al Salvador, estamos esperando el comienzo del Reino de Dios y la venida definitiva de Jesús. Pero la espera no puede ser algo pasivo, sino una actitud dinámica que requiere una continua y nueva conversión.

Esta es la invitación de la Iglesia en estos últimos días de espera: “¡permaneced así, queridísimos míos, firmes en el Señor! [...] El Señor está cerca.” (Fil 4,1.5).

…]. La Iglesia anticipa hoy el gozo de la Navidad y recuerda insistentemente la recomendación de san Pablo: “Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos. El Señor está cerca” (Flp 4,4-5).

Estas palabras, dirigidas a la iglesia de Filipos, son como un resumen de la liturgia de este tercer domingo de Adviento, conocido como Gaudete por ser la primera palabra que se menciona en la celebración litúrgica: “Gaudete”, ¡alegraos! La palabra de Dios y los textos propios de hoy están perfumados con la alegría que brota de la cercanía de nuestro Salvador.

En la oración colecta de la Misa, le pedimos al Señor que nos mire y nos conceda «un corazón nuevo y una inmensa alegría”…

“La alegría a la que nos invita la palabra de Dios no es un optimismo dulzón. Es algo más sólido, con cimientos profundos. Se trata de una alegría que se edifica sobre la certeza de que, mientras aguardamos su venida, el Señor está aquí, a nuestro lado, cuidando amorosamente de su pueblo. Él sabe mejor que nosotros lo que necesitamos y está dispuesto a pelear a nuestro lado. Jesús viene una vez más, por tanto, «ya no tengáis miedo” (ls 35,4).