07 abr. 2026

La encíclica papal

Por Guido Rodríguez Alcalá

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“Creyentes y no creyentes estamos de acuerdo en que la tierra es una heredad común cuyos frutos deben ir en beneficio de todos”. Esta frase de la reciente encíclica papal ha merecido el apoyo de John Browne. (Ver el Guardian del 19-6-15). ¿Quién es Browne? Un ex gerente de la empresa petrolera British Petroleum (BP), que ni es católico ni puede ser considerado un ecologista.

Simplemente, es un hombre pragmático, consciente de las pruebas científicas de que el cambio climático existe, es causado por la acción humana y tendrá consecuencias catastróficas si no se toman a tiempo las medidas necesarias para contenerlo. Estas incluyen el paso de los combustibles fósiles (carbón, petróleo, gas) a las formas de energía no contaminante (solar, eólica).

A fines de mayo, las seis mayores empresas de hidrocarburos europeas se declararon dispuestas a colaborar con las Naciones Unidas para ver el modo de disminuir el uso del carbón. Esas empresas son la Shell, BP, Total, Statoil, ENI, BG Group, y se han anticipado a la reunión de las Naciones Unidas que tendrá lugar en París en diciembre de este año. No son las únicas empresas preocupadas por la amenaza del cambio climático, que ha dejado de ser la exclusividad de los grupos ecológicos o de izquierda. También la CIA y el Pentágono de los Estados Unidos han expresado su inquietud por los problemas para la seguridad que pueden surgir a causa de las sequías, pérdida de las cosechas, hambre y migraciones masivas provocadas por el cambio climático. En el ámbito financiero, el Banco Mundial ha dicho: ahora se debe gastar lo necesario para enfrentar la amenaza, porque hacerlo más tarde costará mucho más.

Lo anterior para decir que, con su Laudato si’, Francisco I ha tocado un punto que va más allá de las orientaciones religiosas o ideológicas, y que puede comprender cualquier persona sensata. En el fondo, se trata de la actualización de un viejo principio de cualquier moral humanista: no hagas a otro lo que no quieres que te hagan a ti. Destruir nuestra heredad común es por fuerza hacer daño; no a uno, sino a millones de seres humanos.

Aceptada la idea, queda por ver los medios para llevarla a la práctica. ¿Con qué ritmo y de qué modo debe efectuarse la transición de las formas de energía contaminantes a las no contaminantes? Sin duda, se necesita de un acuerdo internacional. ¿Es posible? ¿Por qué no lo sería? Existe la Agencia Internacional de Energía, creada en 1974, para enfrentar la crisis del petróleo causada por la guerra árabe-israelí de 1973.

En el sector del petróleo, ha habido intervención estatal e internacional desde hace más de cien años, como muestra el libro de Daniel Yergin, Historia del petróleo. Si la hay para los hidrocarburos, ¿por qué no para la energía limpia? Es cuestión de determinación. Y aquí me permito citar a un ejecutivo de una empresa petrolera: derrotar al nazismo costó mucho más de lo que puede costar derrotar al cambio climático.