21 abr. 2024

La educación nuestra de cada día

La situación de la educación en Paraguay es espeluznante. Las cifras que este medio viene publicando tras el inicio de clases son demoledoras. Existen servicios básicos que debe ofrecer un Estado, algunos de los cuales son además derechos fundamentales, entre ellos están la seguridad, la salud pública, y por supuesto la educación.

Analice usted, querido lector, cuál de ellos es una realidad en nuestro país.

Sin embargo, en este comentario me voy a detener especialmente en uno. En total 1.218.000 estudiantes iniciaron las clases con aulas en mal estado, sin importar que desde el 2013 las municipalidades y gobernaciones recibieran 700 millones de dólares para reparaciones y almuerzo escolar. Entiendo, seguramente los recursos son pocos, de hecho ya escribiremos sobre ello en unos párrafos más. En efecto, desde el Ministerio de Educación y Ciencias reconocieron que la inversión en la formación es insuficiente. Lo dijo el propio ministro Nicolás Zárate, quien calificó la situación como es: “un fracaso”.

Uno de los tantos títulos de la semana pasada en este medio ilustraba muy bien los hechos: En seis meses, Asunción sigue sin concluir baño en escuela del Bañado. ¿Qué más decir? Pero continuemos poniendo el dedo en la llaga. Son 12.000 las aulas en mal estado en los 8.500 establecimientos educativos, y 200 están en riesgo de derrumbe, ¡sí!, leyó bien, ¡derrumbe! Además, 77 escuelas y colegios funcionan sin contar con servicios sanitarios, y todavía 444 de estas instituciones “cuentan con letrinas”. Es una verdadera hecatombe; parece que acabamos de salir de una conflagración sin precedentes. Por si fuera aún insuficiente “las familias más pobres en Paraguay invierten hasta el 40,8% de sus ingresos en la educación pública, pese a que la Constitución Nacional establece la gratuidad a cambio de la obligatoriedad de la Educación Escolar Básica”, según la investigación del sociólogo Luis Ortiz, quien lanzó la semana pasada el libro Gratuidad de la Educación Pública. Estudios de casos sobre los aportes económicos para la educación obligatoria. ¿Cómo entonces comer bien, tener una casa en condiciones para el correcto desarrollo de los estudiantes, u ofrecerle todas las posibilidades educativas, cuando casi la mitad de los ingresos ya son destinados a lo que Estado debería garantizar?

Y seguimos. De acuerdo con las declaraciones del director general de Finanzas del Ministerio de Educación y Ciencias, Óscar Stark, la inversión por cada estudiante al año alcanza apenas 800 dólares, cuando los países que se toman en serio la cuestión llegan a cifras como 20.000 o 25.000 dólares. No obstante, hay que aclarar que “Paraguay invierte 50% menos de lo que se recomienda para países en situaciones educativas como la nuestra teniendo en cuenta el PIB”, señaló la economista Verónica Serafini. De todos modos sigue resultando aterrador.

Stark fue claro (por algún motivo lo leí como la argumentación bélica de la afamada noble casa de una de las series más vistas de la historia): “Si queremos llegar a niveles de la región, tenemos que duplicar la inversión para el 2030 y triplicarla en el 2040”. Creo que los tiempos apremian todavía más porque las evaluaciones a nivel internacional no muestran un buen panorama. ¿Entonces, qué futuro educativo le espera a nuestros hijos e hijas con estos niveles de inversión? No todos pueden costear la educación en una institución privada de alta calidad, y reitero, el Estado debe ofrecerla.

Hay que depender menos de las donaciones y más de los recursos propios en educación. No puede ser que se necesiten 6.344 aulas nuevas y 2.800 sanitarios en las escuelas. Estas cifras no deberían existir. No entiendo cómo los intendentes, gobernadores u otras autoridades pueden dormir tranquilos observando la calamitosa situación. O tal vez sí, por la remanida frase de que les conviene tener a un pueblo ignorante que vaya a votar de nuevo por ellos. Entonces, ¿por qué nos les damos una lección el próximo 30 de abril?

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