Llegó un leproso a donde estaba Jesús, se postró de rodillas, y le dijo: Si quieres puedes limpiarme. Y el Señor, que siempre desea el bien nuestro, se compadeció de él, le tocó y le dijo: Quiero, queda limpio. Y al momento desapareció de él la lepra y quedó limpio.
El cuerpo del leproso quedó limpio al sentir la mano de Cristo. Y nosotros podemos quedar divinizados al contacto con Jesús en la Comunión.
...Cristo es el pan de vida. Y así como el pan ordinario está en proporción al hambre terrena, así Cristo es el pan extraordinario proporcionado al hambre extraordinaria, desmedida, del hombre, capaz, más aún, inquieto por abrirse a aspiraciones infinitas... Cristo es el pan de vida. Cristo es necesario a todos los hombres, a todas las comunidades”. Sin él, no podríamos vivir.
Nuestra Madre la Virgen nos impulsa siempre al trato con Jesús sacramentado: “Acércate más al Señor..., ¡más! –Hasta que se convierta en tu amigo, en tu confidente, en tu guía”–.
El papa Francisco a propósito del Evangelio de hoy dijo: “Quien reza no teme molestar a Dios y nutre una confianza ciega en su amor de Padre. Confianza ciega como la de los dos no videntes del pasaje del Evangelio, que gritan detrás de Jesús su necesidad de ser sanados. O como el ciego de Jericó, que invoca la intervención del Maestro con una voz más alta de quien quiere callarlo. Jesús nos ha enseñado a rezar como el amigo molesto que mendiga la comida a media noche, o como la viuda con el juez corrupto”.
“No sé si quizá esto suena mal, pero rezar es un poco molestar a Dios, para que nos escuche. Pero el Señor lo dice: como el amigo a medianoche, como la viuda al juez... Es atraer los ojos, atraer el corazón de Dios hacia nosotros...”
Y esto lo han hecho también los leprosos que se le acercaron: ‘Si tú quieres, puedes curarme’. Lo han hecho con una cierta seguridad. Así, Jesús nos enseña a rezar”.
(Frases extractadas del libro Hablar con Dios, de Francisco Fernández Carvajal).