30 may. 2026

La batalla de las mujeres víctimas de la lepra y de la discriminación

Las guerreras del abandono dieron su testimonio en el Día Internacional de la Mujer. En el pueblo deSapucai, la protagonista más antigua de la lucha contra la segregación es una abuela de 93 años.

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Ejemplo. Blanca Galeano exhibe las manos ajadas con las que trató a leprosos como ella (d).

Confinada por la lepra llegó Blanca Chiquita Galeano con su familia en el año 1940 a la localidad de Santa Isabel, en el pueblito de Sapucai, ubicado a 12 kilómetros de la ruta Paraguarí -Villarrica. La paraguaya de 93 años, que se convirtió en enfermera de la colonia de leprosos, ayer, en el Día Internacional de la Mujer, dio testimonio de la lucha de todas sus pares que por género, por la discapacidad y el estigma de la lepra sufren discriminación.
La memoria de Chiquita no falla. “Era un Sábado de Gloria ese 25 de marzo de 1940", dice como si no hubiesen pasado 75 años. Blanca ya no soportaba el desprecio de la sociedad que la estigmatizaba y en lugar de ser derivada a la fuerza por la policía a Sapucai, como era costumbre, pidió a su padre que la trajera.
“Por qué no me voy a recordar, si hemos sufrido mucho desprecio. Me iba en el pueblo a traer las cosas que necesitábamos, por ahí veía a mis compañeras de colegio que pasaban a mi lado y hacían que no me conocían. Eso me quedó acá en la garganta”, recordó. Durante 45 años, esta mujer pasó por cada una de las casas y pabellones del leprocomio para inyectar los medicamentos a sus compañeros de lucha. Su primer sueldo fue de G. 25 al mes.
“No podían entrar los sanos, entonces nosotros hacíamos todo: curaciones de las úlceras, inyecciones. Después vinieron una partera y un confinado que hacían de enfermeros y después los religiosos de a poco y mejoró la atención”.
La lepra es una enfermedad infecciosa curable que provoca úlceras cutáneas, daño neurológico y debilidad muscular. Está causada por Mycobacterium leprae y es poco contagiosa. Se transmite por gotas nasales y orales al contacto con enfermos no tratados.
En 1933, los primeros 16 confinados afectados con el mal de Hansen llegaron provenientes de la sala Santa Isabel del Hospital de Clínicas, porque ya no había lugar para tantos combatientes heridos. “En tren los trajeron los militares, sin que supieran dónde iban y vivieron aislados acá”, cuenta la hermana Gilda González Bogado, encargada de la institución que desde 1995 depende de Salud Pública.
Julia Bogarín sufrió una caída hace cuatro años. Desde entonces vive postrada en una cama del leprocomio. Aprendió a hacer manualidades con las hermanas vicentinas que cuidan el lugar y ya se siente útil. Como todas las mujeres del lugar, lo que más siente es la discriminación de sus hijos. “Ore rye pore ñande despreciá, upéa hasyve”.
Las heridas de Julia no se reducen a las úlceras de la piel. Ya a los 9 meses fue abandonada por sus padres y hace 30 años que sabe qué es el mal de Hansen. Hoy dice que es feliz porque ahora la gente la besa, la abraza y la visita.
Todos los días Eleuteria Alvarenga (61 años) se traslada en su silla de ruedas hasta el cuarto de Julia. A ella se le suman Blanca Lourdes (41 años) y Fermina Romero (35 años). Ellas se hacen compañía y rezan a las 15.00, a las 20.00 y a las 3.00 por todos los visitantes. “Damos gracias por todas las personas que nos ayudan y nos visitan”, dijeron al despedirse las ejemplares luchadoras.