07 ene. 2026

Indignación que no va más allá de las palabras

Por Mario Rubén Álvarez - alva@uhora.com.py

El domingo pasado fallecía en Emergencias Médicas un joven de 20 años. Un grupo de cerristas le habían partido la cabeza con una raja cuando volvía de ver un partido de su Ciclón querido y se dirigía a su casa, del barrio 29 de Setiembre, de Villa Elisa. Él ni siquiera había tomado parte de la gresca entre azulgranas.

Este martes, en Capiatá, una mujer acuchilló a uno de los que le asaltaron para robarle la moto que su madre le había regalado. Ella y su acompañante resultaron ilesas solo porque nda’idiaguahëi.

Con los cuatro disparos de arma de fuego de uno de los dos agresores, fue un milagro que la crónica policial registrara a la estudiante como víctima primero, como victimaria después. De no bendecirle la suerte, hubiera quedado en la primera categoría.

Ayer, un hombre solidario con una señora a la que iban a asaltar en el barrio Lapachal (Luque), mostró la otra cara de estos episodios, donde el límite entre la vida y la muerte es apenas una insignificante línea. El que llegó para ayudar fue apuñalado y quedó tendido en el suelo.

Las tres personas quedaron enredadas en la telaraña de la violencia. Una porque apareció justo en el momento en que unos fanáticos desataban su furia criminal. Otra porque su biciclo se hizo apetecible a los delincuentes. Y la tercera porque no se quedó con los brazos cruzados cuando cerca de él se estaba registrando un nuevo episodio de despojo.

Cada vez que suceden casos como estos, se dispara la sensibilidad social. El que grita más bajo daña al menos una de sus cuerdas vocales. El de más escasos decibeles de indignación dispara por lo bajo 10 adjetivos condenatorios.

En la lista de indignados no faltan las autoridades del Gobierno, de la Policía o del Poder Judicial, que se suman al enojo colectivo.

Lo único que en realidad existe, después de hechos que conmueven hasta el alma a la opinión pública, son vocablos de repudio y rechazo.

La sola indignación, aquella que queda al nivel de las palabras y desaparece al calor de los días que transcurren -o de los escándalos políticos a la carta-, sin embargo, no sirve para evitar que al día siguiente dos asaltantes a bordo de una moto embosquen a un transeúnte que regresa de su trabajo en la noche.

Lo común de los indignados es reclamar a las autoridades más seguridad, más policías en las calles, menos permisividad judicial para otorgar prisión domiciliaria, más esto, menos aquello. La letanía regresa cada tanto.

La indignación local en nada se parece a la española, por traer un ejemplo. Allí la rebelión adquirió estructura organizativa para exigir a las autoridades un cambio de rumbo. Un manifiesto recoge las aspiraciones populares.

Aquí se eleva el grito al cielo solo cuando alguien muere o mata. Por esa vía esporádica y desestructurada, lo único seguro es que mañana otros protagonistas darán nuevos motivos para reflotar la estéril indignación de siempre.