Rebeca González Garcete
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Tres años atrás, el trío protagonista se unió por un sentimiento común: el odio a sus jefes. ¿A quién no le nace ese instinto asesino alguna vez? Quiero matar a mi jefe funcionó en base a esa empatía generada y también gracias a la química y eficiencia del reparto.
Jason Bateman, Jason Sudeikis y Charly Day son nuevamente Nick, Kurt y Dale. Ahora, gracias a un producto –digamos– innovador, se han convertido en el sueño de todos: ser independientes, es decir, ser sus propios jefes.
Pero claro que no están preparados, y además desconocen las reglas del competitivo mercado. "¿Honestamente, ustedes creen que el trabajo duro crea la riqueza?”, pregunta despectivamente el magnate interpretado por Christoph Waltz (el agregado de lujo en el reparto). “Lo único que crea la riqueza... ¡es la riqueza!”, afirma, echando por tierra, de un manotazo, las ilusiones de estos inocentes (por no decir, tontos) empresarios.
Envueltos en una situación desesperada, deciden tramar otro crimen pero su torpeza los lleva a un nivel incontrolable de acción en el que aparecen, por suerte, otros personajes de la primera película: Kevin Spacey, Jennifer Anniston y Jamie Foxx, quienes parten de aquellos roles hacia otro nivel, en el que se exageran ciertas actitudes buscando simpatía.
Finalmente, aunque desarticuladas, las situaciones cómicas funcionan hasta el punto ese que inquietan la paciencia y sacuden el sentido común. Esta es una de esas secuelas innecesarias, que no fueron pensadas con inteligencia, sino con la vista puesta en la plata fácil gracias al espectador que no espera nada más que un esparcimiento olvidable.