“Por intercesión de la Virgen de los Milagros de Caacupé, pido a Jesús que se encuentre un camino de diálogo sincero en Paraguay para hallar soluciones a las dificultades y construir juntos la paz. Con la violencia no se gana nada, sino que se pierde mucho, y a veces todo”, dijo el religioso argentino al término de la audiencia general de los miércoles.
Por lo general, a los políticos y dirigentes, entre otros, les resulta fácil llenarse la boca de discursos sobre la paz, el diálogo, la concordia y fraternidad cuando no toca sus intereses económicos, partidarios o gremiales, ni pone en juego sus pretensiones políticas o ideológicas.
Pero cuando el escenario se complica para el adversario y el camino parece estar allanado para alcanzar los objetivos y el poder tan ambicionado, serán muchos los líderes, dirigentes, parlamentarios que optarán por evitar cualquier tipo de conversación que pueda plantear posibles soluciones, y hasta apostarían por la violencia como ingrediente, si fuera necesario. “El agua en la olla ya está hirviendo, solo hay que decidir qué poner”, me decía con tono malicioso un amigo. Pareciera que en política criolla, en determinadas situaciones nadie cuestiona el convertirse en “pescadores de río revuelto”, es la lógica del poder.
Entonces, ¿es desubicado lo que plantea el Papa? ¿Es poco inteligente de parte de Francisco, en un momento de tantas necesidades y reclamos, plantear el diálogo para alcanzar soluciones y evitar la violencia? Con tantas revoluciones en nuestra historia, el doloroso marzo paraguayo, entre otros tantos eventos de ese tipo, ¿se puede volver a dudar que la violencia sea destructiva y que con ella no se gana nada sino que se pierde mucho, como dice el Papa?
Cualquier persona que responda con honestidad, sabrá que el deseo del Pontífice es justo, es un reclamo válido y necesario.
En este momento, el problema está en encontrar personas que sean capaces de anteponer el diálogo y la paz por encima de las ambiciones particulares; sean estas partidarias, gremiales, económicas, religiosas o quizás de alguna logia masónica. La cuestión es hallar políticos y dirigentes que sin tener miedo a la crítica de la prensa o las redes sean capaces de impulsar un espacio de diálogo sincero entre líderes nacionales, en donde sea posible ensayar caminos de solución a los graves problemas, más aún, a los urgentes, como el de medicamentos y camas para los internados por Covid. ¿Hay realmente interés en dar respuesta a las penurias en los hospitales?
El problema no es que el Papa sea idealista o no conozca la realidad del Paraguay. La cuestión tampoco es que Francisco quiera defender al gobierno de Marito o a algún otro personaje. El tema central es si hay alguien dispuesto a jugarse por un ideal de bien común. Y es que en Paraguay cuesta creer que existan políticos capaces de jugarse verdaderamente por la paz y el diálogo, si ello implica poner en riesgo sus proyectos, su partido, sus ingresos. Seguimos practicando una política mezquina y corrupta, a la que pocos ingresan para trabajar por el bien común. La salida de este o de cualquier otro gobierno, sea del signo que sea, no debería ser justificación suficiente para apoyar actos de violencia o negarse al encuentro con los adversarios de turno.
El diálogo sincero y la necesidad de promover la paz no son ideas descabelladas, como algunos dicen. Son expresiones de madurez cívica y política. Son ideales por los que se debe trabajar siempre, en especial aquellos que tienen responsabilidades y ocupan cargos electivos, esos que tienen poder y jugosos salarios gracias a los votos de la gente, a la que, por lo general, olvidan.