12 ene. 2026

Examen de volatilidad para Bitcoin

Por Bruno Vaccotti.
Columnista invitado.

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Si 2026 llega con condiciones monetarias más sueltas, Bitcoin suele interpretar esa señal como una invitación a un rally significativo.

Nadie puede prometer un 2026 tranquilo para Bitcoin y el irresponsable que lo haga, probablemente no está observando la situación completa o hace futurología basada en sus cartas astrales. Lo interesante del próximo año no es la calma, sino todo lo contrario: están dadas las condiciones para que confluyan tres fuerzas que, históricamente, empujan a Bitcoin hacia movimientos violentos, tanto al alza como a la baja. Estas fuerzas son claras: liquidez global (M2), demanda institucional canalizada a través de ETFs y el efecto retardado del halving.

Comencemos por la parte que a muchos les resulta incómoda porque no encaja en la narrativa del dinero: la M2. Bitcoin no vive aislado ni flota en un vacío ideológico. Respira el aire del sistema financiero global. Cuando la liquidez se expande, cuando hay más dinero buscando destino, los activos escasos tienden a reaccionar. De la misma manera que, cuando la liquidez se contrae, también se siente. No de forma lineal ni mecánica, pero su impacto es innegable.

La relación entre Bitcoin y la M2 global no es una correlación rígida, escrita en piedra. Es dinámica. Depende del régimen macroeconómico, de las expectativas y del apetito por riesgo. Hay períodos donde el vínculo se intensifica y otros donde se debilita, pero ignorarlo es un error de principiante. Traducido: si 2026 llega con condiciones monetarias más sueltas, aunque no veamos una Expansión Cuantitativa explícita, Bitcoin suele interpretar esa señal como una invitación a un rally significativo.

La segunda fuerza es más nueva y, por ello, ha generado titulares, debates y alguna crisis existencial dentro del ecosistema: los ETFs. Más allá de simpatías o rechazos ideológicos, la evidencia es clara: los flujos hacia estos instrumentos han pasado a jugar un rol relevante en la formación de precio. Funcionan como un canal institucional directo, eficiente y, sobre todo, escalable.

¿Qué puede cambiar en 2026? La distribución. Cuando grandes redes de asesoría financiera, banca privada y plataformas de inversión normalizan la asignación a Bitcoin, el flujo deja de depender del entusiasmo de nicho. Ya no se trata solo del inversor que descubrió Bitcoin, sino de estructuras que asignan capital de manera casi automática. Cuando eso ocurre, el impacto marginal de cada nuevo dólar cambia de escala.

La tercera fuerza es la más conocida y, paradójicamente, la más malinterpretada: la oferta. El halving no es magia, es mecánica pura. Reduce la emisión nueva y, en un activo con una narrativa de escasez creíble, eso importa. Lo relevante no es repetir que el precio sube porque hay halving, lo es el contexto. Los ciclos anteriores muestran que los picos de mercado tendieron a aparecer entre 12 y 18 meses después del evento, y que el mercado reacciona con retraso. 2026 cae dentro de esa ventana.

¿Qué podría encender la famosa mecha parabólica? Los catalizadores son los mismos tres:

Primero, una reaceleración de la liquidez (M2). No hace falta una impresión descontrolada de dinero. Es suficiente con expectativas de recortes de tasas, relajación de las condiciones financieras o una rotación hacia activos de mayor convexidad. Bitcoin es sensible a ese cambio de humor macro.

Segundo, la narrativa de reserva estratégica y tesorerías. Cuando Bitcoin deja de ser visto solo como un activo especulativo y empieza a incorporarse en balances corporativos, fondos e incluso discusiones estatales, cambia el piso psicológico de la demanda. Eso no elimina correcciones, pero sí modifica la percepción de riesgo estructural.

Tercero, el encuentro de dos eras. Cada vez más, el precio de Bitcoin se descubre tanto dentro como fuera de la cadena. ETFs, derivados, macro y flujos institucionales pesan más que antes. Esa convivencia acelera los movimientos cuando el mercado entra en modo riesgo, para bien y para mal.

Nada de esto es gratuito. En Bitcoin, la volatilidad no es un error de cálculo; es el costo de admisión. Un activo con oferta dura, mercado global 24/7 y una estructura que todavía está madurando no puede ofrecer comodidad. Por eso, consideramos esta volatilidad como el precio a pagar por un potencial alcista a largo plazo. Si 2026 se pone explosivo, también vendrán las sacudidas.

¿Paraguay qué rol juega? Ninguna otra parte del mundo tiene el potencial inmediato de duplicar sus operaciones de Minería de Bitcoin de la noche a la mañana. Recuperando energía ofrendada por monedas a Brasil, Paraguay podría utilizar tres de sus turbinas de Itaipú en menos de 12 meses. Cuando se dice esto, los confundidos se rasgan las vestiduras y dicen que el procesamiento de datos no genera la suficiente cantidad de empleos. Yo les pregunto, una vez más, a ver si esta vez hacen sinapsis: ¿Cuántos empleos paraguayos genera regalar energía a Brasil? ¿Es mejor que el país reciba USD 17 por megavatio o USD 48? El único adjetivo que tengo para los que siguen defendiendo lo primero: apátridas.

¿Qué será entonces 2026 para Bitcoin? Probablemente, un examen. De paciencia para el minorista. De convicción para las tesorerías. Y de madurez para quienes entraron persiguiendo números redondos. Si la M2 acompaña y los ETFs siguen transformando curiosidad en asignación real, 2026 puede tener perfectamente episodios parabólicos. Si nada de esto ocurre, aun así puede ser el año en que Bitcoin termine de consolidarse como lo que siempre fue: un activo que no pide permiso, no promete comodidad y cobra su peaje en volatilidad a cambio de ofrecer opcionalidad asimétrica en el tiempo.

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