Como suele suceder invariablemente en cada periodo constitucional, también en el actual se ha resucitado el manido tema de la reelección.
Recordé, a propósito, una cita del célebre filósofo rumano Emil Cioran, ese nihilista irreductible que algunos años antes de morir escribió: "¿Por qué un hombre normal acepta el poder, vivir preocupado de la mañana a la noche? Sin duda, porque dominar es un placer, un vicio”.
Este “placer de dominar” fue, seguramente, el que motivó a un grupo de selectos autócratas a gobernar nuestro país con mano de hierro durante casi cien de los doscientos años que llevamos de vida independiente.
En efecto, si sumamos los años que José Gaspar Rodríguez de Francia, Carlos Antonio López y su hijo Francisco Solano, el tándem José Félix Estigarribia-Higinio Morínigo y Alfredo Stroessner detentaron un poder omnímodo, prácticamente rozamos un siglo de historia nacional.
Fueron hombres mesiánicos, imbuidos de una extraña fe que encontraba su sustento en la conciencia de su propia insustituibilidad. Montado en el delirio de su espíritu autoritario, Francia se lamentaba de hallarse “en un país de pura gente idiota, siendo preciso que yo lo haga y ministre hasta el menor de los detalles”.
Quien mejor narró las características de ese genio totalitario fue el maestro soberano de las letras paraguayas, Augusto Roa Bastos, al poner en boca de El Supremo esta frase terrorífica: “Lápida será mi ausencia sobre este pobre pueblo que tendrá que seguir respirando bajo ella sin haber muerto por no haber podido nacer” o aquella otra no menos desafiante: “Detrás de mí vendrá el que pueda”.
Pero si esto hubiese acabado en aquel delirio enfermizo todo habría quedado sepultado en algún polvoriento arcón de la historia. Pero no, como lo lamentaba el propio Roa en un célebre escrito de 1986 al diario ABC de España: “Una luz mala siguió poblando de fuegos fatuos las noches paraguayas y llenando su aire tenue con dictadores grotescos y paródicos”.
Como si la lección del pasado no fuera lo suficientemente elocuente, aún hoy algunos intentan resucitar estos viejos fantasmas, ahora bajo el pretexto de una “inocente” enmienda constitucional. Pero no, no nos hagamos ilusiones, esta tradición autoritaria no deja espacio para la aventura. La tentación reeleccionista ha de ser rechazada como si se tratara del mismísimo demonio. Ya es demasiado el placer de dominación que hemos satisfecho en unos pocos.